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La muñeca de trapo

Violeta paseaba por el campo con su vestido de muñeca y su sombrerito de paja. Cada día hacía las mismas cosas. Con esa sonrisa en su cara que parecía cosida y esos ojos abiertos como platos. Primero paseaba. Luego corría pradera abajo con sus pies descalzos. Imaginaba que, algún día, sería algo más que aquellas frases que la describían en la página veinticinco del catálogo de juguetes del Corte Inglés. Cada año era la elegida por muchos niños hasta aquellas navidades del noventa y ocho en que dejó de serlo.

Había soñado con una vida diferente. Lejos del campo. Viajar a una ciudad llena de luces de neón y carreteras infinitas. Dejar de ser “Violeta. Ideal para pasear por la pradera” para convertirse en “Violet. Ideal para salir de fiesta” pero eso nunca llegó. En cambio, sí vio como a otras compañeras de catálogo las vestían con ropas más modernas y les cambian la descripción por algo más acorde con la época. Violeta quedó en el olvido de muchos niños al desaparecer aquél año de la página veinticinco. Desterrada en varias cajas de unos grandes almacenes encontró tiempo para hacer esas cosas que uno suele hacer mejor en soledad. Cogió uno de aquellos catálogos que, o bien, habían sobrado, o se habían olvidado en el cubículo donde estaba, y echó un vistazo a la página número veinticinco. – “Juguetes baratos”. – Nunca había reparado en esa frase que los anunciaba. En grande, en negrita y subrayado, podía leer ese reclamo. Se quedó escandalizada con el horrible descubrimiento. – ¿Juguete? ¿barata? – Rápidamente saltó de la caja y buscó un catálogo del año anterior y, entre un montón de escombros, encontró uno.

En la misma página, el mismo reclamo “Juguetes baratos” y en letra más pequeña. “Violeta. Ideal para pasear por la pradera. Menos de dos mil pesetas. – ¡encima!– exclamó.

Se sintió triste, aún más de lo que ya estaba al descubrir que la habían cambiado por “Olga, la barbitrapo”“pues le está bien empleado a la usurpadora esa” – comentó en alto. Luego se dio cuenta de algo. Aquella muñeca tenía dibujada su misma sonrisa. Sus ojos, eran tan inexpresivos como los suyos, y su descripción, aún peor, y sintió pena por ella.

Empatizó tanto con “su rival” que terminó derramando una lágrima sobre su foto y así, una detrás de otra hasta que dejó varios de esos catálogos abandonados empapados en llanto. De pronto, ser sorprendió al ver que de sus lágrimas brotaba vida. Olga ya no era una foto impresa en aquella página sino una niña de carne y hueso, y estaba justo a su lado, sonriéndole y dándole las gracias. Estaba feliz. Casi no se podía creer lo que había pasado hasta que se fijó en que su propio cuerpo, antes inerte, había cobrado vida. Ya no eran dos muñecas de trapo sino dos niñas dispuestas a disfrutar de ese regalo improvisado. Se cogieron fuerte de las manos y salieron juntas de aquel trastero sucio y olvidado.

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De las oficinas al viejo hotel. Bruno y Agatha.

Agatha dejó la taza de café sobre la mesa mojada por las gotas del rocío que había caído esa noche. Llevaba varias semanas alojada en aquel sitio. Lo había hecho, una vez más, con otro nombre. Esta vez, había elegido el de aquella muchacha que no conocía en persona, pero que sabía perfectamente como olía, qué tomaba para desayunar, y a qué hora se acostaba.

En un descuido de su esposo también conoció su nombre. Fue entonces cuando decidió desaparecer un tiempo de aquella situación que le sobrepasaba y a la que tenía miedo enfrentarse una vez más.

No era la primera vez que él le era infiel, pero hasta entonces nunca había sido tan descuidado. Sabía que era absurdo pensar que el que le fuera infiel y se lo ocultara significaba que aún la quería y que, a su vez, no quería perderla, pero se había aferrado a este pensamiento para no darse por vencida. Había querido salvar su matrimonio a toda costa, pero ahora no sabía si él quería seguir con esa vida de mentiras. – al menos me servirá para escribir una novela – pensó mientras colocaba sus gafas de cerca justo al lado de la tacita de café que acababan de servirle, y con la mirada perdida en el horizonte.

Cuando se registró en el hotel, lo primero que pidió en recepción fue que, cada día, le hicieran llegar un ejemplar del The Daily News. Eran las siete y media de la mañana cuando uno de los camarero se acercó a su mesa y, sacándola de su trance, le entregó la prensa de ese día. En la portada aparecía su foto impresa y, debajo, un enorme titular que decía: “Desaparecida sin dejar rastro” Agatha no pudo disimular su sonrisa al ver que había conseguido parte de su cometido.

Su secretaria fue la última persona que la vio aquella mañana. Se despidió de ella diciéndole que salía a dar un paseo y que volvería en una hora. Cuando se fue no tenía intenciones de desaparecer tanto tiempo, pero el pensamiento que la atormentaba la llevó a idear un plan de escape nada más salir por la puerta de su oficina.

Cogió su taza de café para disfrutar del primer sorbo de los tantos que le seguirían y reparó en un niño, de unos nueve años, que estaba sentado en el suelo, escondido al final de la última mesa, de la última fila de aquella enorme terraza. Miró a su alrededor buscando al adulto que debía acompañarlo, pero no había nadie más por allí. Hasta el camarero que le acaba de traer el periódico se había esfumado. Aún no eran las ocho de la mañana. – ¿qué hace un niño solo en la terraza de un hotel a estas horas? – se preguntó. Decidió abandonar por un momento su atormentada historia e interesarse por la de aquel chico que había aparecido de la nada. Se levantó de la silla y se dirigió a él con una sonrisa en su cara.

– Hola, me llamo Agatha. – le dijo al pequeño mientras se agachaba para ponerse a su misma altura.

Él la miró directamente a los ojos, con una expresión en su cara que podía traspasar el alma. Por segundos sintió como si un ángel la abrazara. Aquel niño parecía poseer toda la sabiduría del mundo a pesar de su corta edad. Se sintió pequeña a su lado y eso la desconcertó.

– Encantado de conocerla. – le respondió. – Me llamo Bruno.

– Qué joven más educado… – le dijo mientras giraba la cabeza en su empeño por encontrar a alguien que justificara la presencia de aquel muchacho. – ¿qué haces aquí solo? – preguntó al cerciorarse de- que no había nadie más por allí.

– Estaba jugando con mis amigos en el parque y sentimos curiosidad por ver el interior del edificio.

– ¿Quieres decir del hotel? – le había sorprendido la respuesta del niño porque a esas horas de las mañana no era normal que estuviera jugando con amigos, y mucho menos en un parque, ya que lo más característico de ese hotel era que estaba a orillas del mar. Como mucho, se podía haber referido a los jardines, pero estos, se encontraban en su interior.

– No… bueno, sí. Estábamos jugando en el parque que está detrás. Allí, justo al lado del parque de perros – dijo Bruno señalando en dirección a la orilla. De pronto se dio cuenta de que esa señora tan amable que lo había abordado no iba a entender su respuesta. Aún así, no tenía otra. Antes de colarse por aquella ventana del edificio de las oficinas donde trabajaba su madre, estaban allí, en el parque. Pero al subir a la última planta, y salir por aquella descuidada azotea, todo el paisaje cambió. De repente, se había convertido en una bonita terraza con numerosas mesas adornadas con manteles bordados y elegantes cubiertos perfectamente colocados en cada una de ellas. Podía sentir como la brisa del mar acariciaba su cara y ese olor a bollería recién hecha del desayuno. También reparó en la señora que se había sentado en la única mesa que no estaba preparada. La notó algo nerviosa y decidió quedarse un rato más para observarla.

Bruno la miró a los ojos tímidamente y mientras salía de su improvisado escondite le preguntó:

– ¿Me puede contar la historia de cuando desapareció?

Agatha tardó pocos segundos en entender la pregunta. Se fijo en que la ropa del niño era muy distinta a la de los otros. Parecía de otra época. Una que quizás ella no conocía, pero estaba claro que el pequeño sí conocía la suya. Su fantástica mente le permitía creer en esas cosas.

Tendió su mano al joven que ya no se mostraba asustado, sino más bien todo lo contrario, sorprendido, ilusionado, lleno de vida. Lo ayudo a incorporarse y, con una nueva y recién estrenada sonrisa, le dijo a la vez que le guiñaba un ojo.

– Permítame, joven, que me presente de nuevo. Soy la Señora Marple.

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El grupo

Colocados en hilera a veces cambiaban su formación para lanzar algún misil fuera de la linea de combate.

Entre los más aplicados estaba el tirador número uno. A pesar de ser el más antiguo no disponía de los recursos necesarios para ser un líder. Su papel fundamental era recoger información del exterior y propagarla sin procesar. Era como un aspersor que se ponía en marcha a primera hora de la mañana y no paraba hasta que se tupía la boquilla.

Luego estaba el “solo se que no se nada” que aunque claramente no era el más inteligente del grupo sí se podía decir que era bastante listo. Su disparo era casi siempre con retardo. Sus balas podían caer tanto en el bando contrario como en el propio. Sus compañeros tenían cuidado con él porque nunca sabías por dónde te podía venir. Era de apariencia sosegada y sentimientos intermitentes que en algunas situaciones le podían hacer estallar.

Un estrecho pasillo separa a “alisado chino” de número uno y número dos. Todas las mañanas, antes de comenzar a hacer las labores por las que le pagan, lee algún capítulo de “el arte de la guerra”. Luego conspira contra sus supuestos aliados porque piensa qur pueden robarle algún cliente de su cartera. Esquiva los balones con más habilidad que un portero de élite y, a veces, sonríe, aunque en sus ojos se pueden seguir viendo constantes señales de rivalidad. Tiene tres o más aliados fieles, dos agregados a estos, y algún hilo de su jefa en su mano.

En columna, el prestidigitador. Mueve algunos de estos hilos pero ha delegado en “alisado chino” otros, justo los que ella quería que le cediera. Cuando la marioneta se cansa de pasar de las manos de una a otro, corta los hilos y escapa del tejemaneje de todos. Desaparece días, semanas, o meses del grupo, pero acaba volviendo con la esperanza de ser al menos un reflejo de su creador y no solo la marioneta de sus discípulos.

“Cum laude” llegó más tarde, pero se integró rápidamente. Al principio, dedicó parte de su tiempo allí a observarlos a todos. Cree firmemente que la inteligencia emocional es un recurso para la batalla más que para la resolución pacífica. Normalmente tira la piedra y esconde la mano. Luego aboga por el entendimiento una vez anulada la razón de su objetivo. Se divierte moviendo las piezas/personas del tablero/entorno de ajedrez/vidas. Poniendo en jaque, más de una vez, mi intuición nunca quise sacrificar ningún peón para defender la figura del rey.

Dentro de la manada pero perteneciente a otra estirpe está “la señorita Rottenmeier” que cree fervientemente que es capaz de dominar a cada una de las fieras pero en cuanto se da vuelta, éstas vigilan pacientemente su cuello esperando el momento de atacarla por la espalda. Piensa que es poseedora de la verdad absoluta y defiende sus argumentos, o los de su ama, con uñas y dientes. Hasta ahora solo ha recibido sutiles mordidas de quienes también le dan de comer engordando su ego para una vez inflado darle una picadita… y salir huyendo.

Observándolos a todos, Mary Gárgola, busca algún aliado fiel en ese pequeño grupo convertido en jauría dentro de una sociedad donde existen otras especies que acechan esperando que entre ellos se devoren para, como buitres, saciarse con las vísceras de quienes destriparon otros.

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La biblioteca

– ¡Siguiente!

– Hola. Vengo a devolver este libro.

– A ver, “Matemáticas I. Perfecto. Marta Tomates, ¿verdad?

– Lechuga – respondió la chica con cara de pocos amigos.

El auxiliar volvió a mirar la nota que aparecía en su cuaderno de “libros prestados” y, luego, miró la pantalla de su ordenador entendiendo lo que había pasado e intentando disimular de la mejor manera.

– Perdona. Espero que el libro te haya ayudado, ¿te vas a llevar otro?

– No, solo quería devolver este – respondió ella suavizado la expresión de su cara después de interpretar lo ocurrido como una broma. Quizás con muy poco gusto viniendo de un desconocido, pero al fin y al cabo, sólo era eso.

– Pues… gracias, Marta. Mi compañero y yo estamos aquí para lo que necesites – comentó el chico algo nervioso. – De hecho, fue él quien registró el préstamo a tu nombre… Se ha cogido un resfriado horrible y no ha podido venir hoy… – mientras seguía excusándose con la chica se fijó en la enorme cola que se había formado en el pasillo. Él se ponía cada vez más nervioso. Marta se impacientaba, y la gente del pasillo empezaba a formar jaleo.

– Oye… – interrumpió la chica mientras señalaba la plaquita que tenía sobre su mesa, al otro lado del cristal – Pablo. Yo llego cinco minutos tarde a clase y tú tienes una cola que llega hasta la cafetería… ¿terminamos ya con esto?

– Claro, perdona. Gracias por usar nuestro servicio. – dijo queriendo poner fin a esa embarazosa situación.

– Ciao – se despidió la chica, dedicándole una tímida sonrisa y dando por concluida la relación.

Marta Tomates… – se quedó pensando – ¡joder, Lechuga! Esta no se la perdono – dijo en voz baja refiriéndose a su compañero, Rafa, un tipo bastante burletero, por lo que enseguida se dio cuenta de que esa nota de “Marta Tomates” era una ocurrencia de su mente en el momento de registrar el préstamo. Algo que, probablemente, no pensaba compartir… o sí…

– Perdona, ¿te queda mucho? – le preguntó el siguiente estudiante que esperaba su turno.

Se había quedado a solas con su pensamiento y ni si quiera se había dado cuenta de que seguía allí, en su puesto de trabajo, con una enorme cola de estudiantes esperando por él. Solo fueron cinco minutos con Marta. Cinco minutos de conversación que le habían parecido horas. Tiempo suficiente para que quedara grabada en su mente. – al final tendré que darle hasta las gracias al capullo este – murmuró refiriéndose a su compañero.

– Siguiente – dijo por fin, todavía con voz temblorosa.

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Los ilustres huéspedes del viejo hotel

Agatha se divertía cambiando las cosas de sitio de día, y revolviendo los cajones de noche. Había conocido el hotel después del revuelo que se había formado con su desaparición. Una vez aclarado el malentendido, hizo las maletas, y dejó Winterbrook.

Probablemente, su gran amigo Peter tuvo que ver en la elección del sitio, pero ella se quedó fascinada con este lugar nada más poner el pie en el aeropuerto de la isla. Tanto fue así, que decidió que aquel hotel urbano a la orilla del mar sería el sitio perfecto para “vivir cuando muriera.”

Le encantaba levantarse temprano para ver amanecer. En su habitación había un enorme balcón con una pequeña mesa de madera y dos sillas. Allí pasaba largas horas disfrutando del sonido de las olas del mar, del graznido de las gaviotas en busca de su presa, y de la cálida brisa que acariciaba su cara. Huyó de su entorno y de esas posibles terapias, tan poco ortodoxas, que la esperan después de aquel incidente, y que prometían curar su depresión. Pero su sanación mental llegó cuando en aquel lugar repleto de desconocidos encontró la calma y el abrigo. Al recuperar el ánimo también recuperó la inspiración.

Pero aquel sitio había cambiado demasiado en tan solo un siglo. Alguien decidió convertirlo en unas tristes oficinas. Además, también habían cambiado su fachada porque “ese mismo alguien” convenció a otros de que era el edificio más feo de la ciudad. Entonces decidieron cambiarlo y lo convirtieron en el más feo de toda la isla. Todo un logro para estar ubicado en un lugar tan privilegiado.

Algunas noches, Agatha, se asoma a uno de los balcones laterales del edificio, situado en la sexta planta, y me saluda sonriente. Me reta con gestos para que escriba algún relato del tipo novela policíaca. A veces, le sigo el rollo y jugamos a las películas. No me resulta muy difícil ganar conociendo su obra y porque fue, precisamente ahí, donde comenzó una de sus novelas.

Hace un par de noches la vi caminando por la azotea de un lado para otro. Mirando al suelo. Con sus dedos índice y pulgar en la barbilla. Aquella noche parecía muy concentrada. Tanto que no me dedicó ni una mirada. La observé un rato hasta que decidió cambiar el rumbo de su paseo y ya no pude verla más. Lo que sí vi pasadas unas horas fue una luz que se encendía en la segunda planta. Aunque sé que Agatha no “vive” sola nunca he podido ver a ninguno más de esos huéspedes que un día decidieron que el mejor lugar para pasar su vida después de la vida era ese, el viejo hotel Metropole.

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Desempolvando cajones – Parte I

No le interesaban las historias del abuelo, pero tampoco las de la abuela. Ni tampoco las de nadie del pasado.

No era porque tan solo viviera el presente. En realidad no era por nada.

Luego estaba el mediano, a quien sí le podían interesar, pero había decidido vivir solo el momento.

El término medio estuvo siempre en mi, y así seguía siendo. Capaz de entender la importancia de estar presente pero con muchas inquietudes por descubrir parte de ese pasado oculto por algunas circunstancias de la época: la represión, la educación, la política, la economía, la fe…

El abuelo Pepe cantaba sus historias al son de un ritmo cubano que hacía que me quedara embobada mirando esos ojos azules como el mar y escuchando, de su bonita y desgastada voz, esas letras de una juventud grabada fuertemente en su memoria “ En Cuba y para la Habana, vi pasar a una habanera más fresca que la mañana en tiempos de primavera. Yo le pregunté si era nacida en la Cabaña. Sí, señor, en la montaña que a lo lejos se divisa, y combate la brisa la rica flor de la caña.”

Fue un hombre tan bueno que sabía decir te quiero con una sonrisa, con esa mirada llena de bondad y esas repentinas canciones que, a veces, también tarareaba cuando estaba solo. El único momento del día en el que se volvía algo más serio era la hora de las noticias. Siempre le interesó la política. El año que murió había elecciones. El hecho de encontrarse ya bastante mal no le impidió pedirle a mi madre que lo llevara a votar. Y así lo hizo.

Mi abuela, además de sus propios problemas, lidiaba también con los de los demás. Siempre estuvo muy pendiente de “su familia” que era toda la gente de ese barrio en el que se había criado y en el que su llevaba toda la vida. A mis hermanos y a mi nos gustaba calcular los años que tenía esa casa vieja en la que jugábamos. Solíamos decir ¡más de cien años! Porque eso nos parecía un montón. Ahora, que han pasado más de treinta de eso, pienso que hubiese sido muy maravilloso poder plasmar en un papel cada narración que nos hacían los abuelos a modo de anécdota y que contenían capítulos enteros imposibles de plasmar en un solo libro.

Aunque la tecnología de hoy en día me hubiese permitido, en aquel entonces, obtener más recuerdos de ellos – videos, fotos, audios – no me hubiesen dado lo que no viví por no ser consciente de que nada es más importante que los momentos que pasas con la gente que quieres. Hoy, mañana, y eternamente.

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El Trato

Nueve de enero de 1984. Eran las siete y media de la mañana. Lola no había pegado ojo en toda la noche pero no había querido despertar a sus padres esta vez. En realidad, la que siempre se levantaba cuando la niña tenía pesadillas era la madre, Luisa.

¿Qué te pasa Lola, no te apetece ir al cole?

— Es que no me ha dado tiempo de jugar con los regalos de los Reyes Magos. — dijo la niña con voz afligida.

¿Y por eso tienes esa carita hoy? Los juguetes estarán aquí cuando vuelvas. — le dijo la madre mientras le acariciaba la cabeza. — ¿Seguro que no te pasa nada más? — insistió.

— Anoche vi a abuelo Juan. — le respondió Lola. — Me dijo que venía a buscar a papá. — terminó confesándole con voz temblorosa.

— Pero Lola… tú no conociste a abuelo Juan — le respondió su madre con asombro. —¿soñaste con tu abuelo? — le preguntó.

— Supongo… — dijo Lola mientras dirigía la mirada al techo de su habitación.

— ¿Me lo cuentas? — A Luisa le pareció que “ese sueño” era el causante del malestar de su hija y no lo primero que le había contado.

— Abuelo Juan estaba sentado en una roca cerca de la orilla de una playa. Lo miré y me hizo un gesto con la mano para que me acercara. Me miró sonriendo y me peinó el pelo con sus dedos. Se parecía mucho a papá. Me dijo que se lo tenía que llevar con él y que ya no lo iba a ver más en mucho tiempo. Papá era su hijo favorito y él está aburrido de estar solo en esa playa esperando.

Me enfadé mucho con él y empecé a llorar — mientras Lola le contaba a su madre el sueño que había tenido aquella noche, vio como su padre entraba por la puerta de su habitación — ¿todo bien, chicas? — preguntó.

A Lola se le iluminó la cara. Sus ojos se abrieron de par en par. — ¡Papi, estás aquí! — exclamó.

— Pues claro que sí, pequeña, ¿qué te pasa? — preguntó el padre.

— Lola ha tenido una pesadilla — le respondió Luisa mientras le hacía un gesto cómplice a su marido. — Me estaba contando que anoche soñó con tu padre y que le dijo que te tenías que ir con él. — Juan se quedó helado. — ¿A dónde…? — preguntó con miedo. — Su padre había muerto hacía más de quince años. Lola tenía seis, y solo conocía a su abuelo por parte de padre en fotos.

— ¿Y qué más te dijo abuelo Juan, Lola? — preguntó Luisa.

— Que si quería podía cambiarme por papá. — respondió la niña dejando un silencio sepulcral al terminar la frase.

— ¿Cómo? — preguntaron los dos a la vez.

Parecía que el sueño había dejado de ser “tan solo un sueño” y la historia de la niña empezó a despertar más interés en la pareja.

— Acepté el trato. Le dije que me iba yo, pero con cuarenta y cuatro años. — dijo Lola sonriendo a sus padres. — Es la edad que tiene papá ahora. Es un buen trato. — concluyó la pequeña con cara de satisfacción.

— Pero Lola… — su padre intentó decir algo, para la niña todo eso había sido muy real, pero ellos sabían que tan solo se trataba del temor de la pequeña a perder a su padre trasladado a su mundo onírico. Aún así, les había causado mucha angustia a los tres.

— Gracias Lola – terminó diciendo el padre. — Aunque la próxima vez que sueñes con el abuelo dile que tú tampoco te vas con él. — Joder con mi padre, ¡qué susto! farfulleó para sí mismo.

De nada Papá. — respondió con una amplia sonrisa

Parecía que su miedo se había disipado. Hablar del tema con ellos… ver aparecer a su padre… Aunque ahora eran ellos quienes experimentaban esa sensación de intranquilidad en su cuerpo. Dos adultos que sabían distinguir perfectamente la fantasía de la realidad pero que por un momento pensaron en cuánto dolor causaría a sus vidas si ese sueño hubiese sido una realidad.

Luisa y Juan se miraron unos segundos en silencio… Luego él apoyó su mano derecha sobre el hombro de su mujer y dijo:

— Creo que esta tarde iré a ponerle flores a mi padre… Y de paso, a deshacer el trato.

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En una esquina del barrio

– Me levanté y me volví a acostar. Y así como tres veces. Después decidí quedarme en la cama, aunque no pude pegar ojo en toda la noche.

– ¿Entonces te enteraste de todo?

– Claro mi niña, como para no enterarse. Y no es que una esté al acecho de lo que pasa por las noches en este barrio, pero se formó una que parecían dos.

– ¿Y esta vez quién empezó, “la pulga” o “culo contento”?

– Ninguna de las dos, mi niña, el chulo de la coja, que vaya carrerita que se pegó. Solo le faltó colocarse un dorsal en el pecho. Y mira que tiene pecho para hacerlo… pero no le hizo falta.

– Verás que con este Alcalde se termina la prostitución en el barrio.

– ¡Ay!, Carmenza, que ingenua eres. Eso llevamos diciendo más de cuarenta años… Y por aquí han desaparecido todos los oficios menos ese, el más antiguo. Además, el problema no son ellas sino la mafia que se crea entorno a ellas.

– ¡Jesús, qué fino te quedó! Algunos dirían que estuviste leyendo el periódico esta mañana.

– Para leer estoy yo, que no he dormido nada en toda la noche. Encima hoy no tengo nada pensado para el almuerzo. Ponme también medio kilo de calabacines y tres zanahorias granditas que ya se me está haciendo tarde.

– ¿Y sabes algo “de aquello”? ¿Me vas a pagar la compra o te lo apunto?

– Nadita. Apúntamelo, pero delante mía que no me fio porque, o has subido los precios, o me apuntas más de lo que me llevo.

– ¡Jesús!, Paqui, cómo te has levantado hoy… Encima que les fío…

– Sabes que en el super que han abierto al final de la calle está todo más barato, y te sigo comprando a ti. En mi casa no nos sobra el dinero, así que no seas pesetera que nos conocemos de toda la vida…

– Si te enteras de por qué metieron al cachimba en la cárcel me lo cuentas…

– ¡Porque pisó una mierda! Mi niña, a veces pareces tonta. Pa´las cuentas eres más lista… Adiós, que no he hecho nada en casa hoy. Ah, y otra cosita, no le estés despachando a mi padre ese whisky viejo que tienes ahí que sabes que está enfermo.

– Eh, mírala a ella. Si es él quien viene a charlar conmigo y a echarse “un pizco” con su enyesquito de queso…

– Cómo yo me entere de que le pones ese queso rancio a mi padre te cojo por los pelos y te juro que no paro hasta perder las manos.

– Desde luego que hoy no se puede hablar contigo. Estás contrariada.

– ¡La vida!

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DIVERSOS

Como cada año, nos habíamos dado cita ese veintiuno de diciembre a las veintiuna horas en el local de siempre. El primero en aparecer fue Aires de Cuba, como no, con su habano en la mano, sin encender, porque a todos nos molestaba el humo del puro. Como siempre, también, era el primero en llegar a las reuniones de este tipo. Elegía mesa y se sentaba ocupando al menos dos sillas. Recostado en el respaldo de una de ellas y con las piernas estiradas. Entre sus dedos, su eterno habano, con el que a veces fingía dar enormes caladas y exhalar el inexistente humo del cigarro – “eso le relajaba”.

La segunda en llegar fue Xiaomi. La última vez que la vi quería implantarse una especie de chip, como el que ponen a las mascotas para identificarlos. Precisamente, en uno de estos encuentros, se enteró de la escandalosa cifra de desaparecidos que hay en el mundo – “cada tres segundos desaparece alguien” – No recuerdo quién lo dijo. Ni si quiera sé si esos datos son reales. Prefiero no obsesionarme con ese tipo de cosas, pero para ella, había un antes y un después de conocer ese dato. Xiaomi era una mujer pegada a su celular, y a pesar de lo que muchos imaginan cuando escuchan su nombre, es mejicana.

Mientras Aires de Cuba y Xiaomi se saludaban, llegó España Patria Querida. Este año había añadido a su vestuario un nuevo y patriótico complemento, la típica pulserita con los colores de la bandera de España, y en negro, “Catar 2022”. Supongo que como España no se comió nada en el Mundial la traería porque esa noche nos hartaríamos de comer y de beber vino – “que la penúltima cena parezca la última cena”.

Luego llegué yo, “Voyage Voyage” Vestida de negro de los pies a la cabeza. En tono solemne y cantándole a la Navidad desde lo más profundo de mi ser – Alma Redemptoris Mater – que no se note que ya tengo preparada la excusa para irme la primera. Intentando esquivar besos y abrazos, pero con muchas ganas de reencuentro. Con un lenguaje corporal muy diferente al de cualquiera de mis amigos. – “Me conocen. Saben que me alegro de verlos”.

Detrás de mi llegaron Mandala y Ron Miel. Se conocieron en el instituto cuando los dos eran unos hippies, aunque con diferentes estilos. Mandala se cambió el nombre oficialmente en el año 2019, pero para nosotros era Mandala desde que la conocimos. Su carta de presentación fue – “Soy budista, de izquierda, y no pienso afeitarme los pelos del sobaco solo por el hecho de ser mujer”- Ron Miel, en cambio, era ateo, apolítico, y un hippie que vestía vaqueros rotos de la marca Levi’s y camisetas desgastadas de Diesel. Tenía al menos siete iguales, incluso del mismo color, con ese logo del mohicano de la cresta dibujado en el centro y en su perímetro, la marca, Only Diesel. The Brave Diesel – “porque esa era la que más le gustaba.” – Empezaron su relación con apenas diecisiete años, y veinte más tarde, seguían juntos.

Y ya estábamos todos. Altos, bajos, rubios, morenos. Más gordos, más flacos, pero igual de auténticos, al menos para nosotros, entre nosotros… Sin máscaras, sin el traje de domingo. Sin el disfraz que te pones cada día para ir a trabajar, o la inclinada sonrisa, a falta de ganas, o fuerzas para dibujar al completo una caricia.

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La Lotería

22 de Diciembre de 2022. Son las 7:54 de la mañana. Me he despertado temprano en contra de lo que mi cuerpo me pedía, pero es el día de la Lotería de Navidad, y este año me va a tocar. Quiero recordar cada segundo, cada minuto, cada momento antes de que esto ocurra. No es que piense que el dinero pueda cambiarme. Dentro de nosotros tenemos diferentes personas que somos, o que podemos ser. Entre esas personas que hacían cola en mi interior, estaba la chica esa a la que hoy le toca la lotería. Aquello parecía la cola de doña Manolita. Años de espera donde tuvo que acampar para no perder su turno.

No se ha podido vestir con sus mejores galas porque, a pesar de que sabía que era la siguiente, no quiso abandonar su sitio en aquella fila. Había creado una especia de síndrome de Estocolmo con aquel lugar y con aquellas personas que también llevaban años aguardando su turno. Se despiden, la felicitan, ríen, lloran… Sayonara, Baby.

– Acuérdate de nosotras, de nuestros sueños. – gritaba una. – No cambies. Ponte recta. No olvides que la postura es importante. – Arréglate un poco ese pelo. Y por Dios, no te muerdas las uñas. – Dame un abrazo. Recuerda, si no eres feliz, siempre puedes volver. – Miles de mensajes se ordenaban en su cabeza estableciendo automáticamente un orden de prioridad.

Se presenta al mundo exterior con su décimo premiado, pero enseguida se dio cuenta de que echaba de menos el calor de aquella pequeña casa alejada de tanto ajetreo. Casi salvaje. Aferrada a los recuerdos de su infancia. Unida mediante un cordón umbilical a las otras personas que habitaban en ella. Intentando descifrar ahora los mensajes de ese mundo codificado… binario. Incapaz de ver con las misma claridad que lo hacía cuando a penas había algo de luz. Quizás la ceguera duraría horas, días, meses… Mientras, en su cabeza, una fila de promesas guardaban pacientemente su turno.

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Doctor T. (la chica del bar)

Al salir del trabajo aquella tarde sentí que alguien me seguía. Decidí entrar en un bar cualquiera de los muchos que me encuentro en el trayecto de camino a casa. Ese día, en el despacho, me había cruzado con una chica que me sonrió de manera extraña. La miré unos segundos con la sensación de reconocerla, pero sin tener la certeza de haberla visto antes. Mi intuición me decía que esa rara sonrisa escondía algún mensaje. No quería obsesionarme y terminar siendo víctima de alguno de mis diagnósticos, pero debía ser prudente por algunos aspectos de mi trabajo que sabía que algún día me podían llevar a este tipo de situaciones.

Me senté en uno de los taburetes que quedaba libre en la barra – al lado de un señor que hablaba en francés- y pedí una cerveza. Desde allí podía observar perfectamente la esquina de la calle que acababa de cruzar. Justo enfrente de mi había un espejo con el que también podía controlar la entrada al local. Tenía la sospecha de que en pocos minutos descubriría si mi mente me había jugado una mala pasada o si, por el contrario, me estaba poniendo en alerta. Seguía teniendo la sensación de que alguien me observaba, y no era la primera vez. Hacía pocos meses que había estado a punto de «probar mi propia medicina» Existe una línea muy fina y delicada que te puede hacer pasar de la cordura a la locura en cuestión de segundos, sobretodo, cuando tratas con gente que la traspasa constantemente.

La vi pasar. Atravesó la calle sin prestar atención a nada, ni a nadie. Ni si quiera al tráfico. Era la misma chica. No me había mirado, pero eso no significaba que no me hubiese visto. Algo en ella me hizo recordar a una paciente que traté años antes de que me mudara a esa ciudad. Eran mis comienzos. Prácticamente acababa de terminar la carrera. La estuve tratando un tiempo y luego, desapareció, cuando por fin había logrado obtener un diagnóstico. Creo que se llamaba Sara. Nunca pude contrastar su historia. Creo que había sufrido algún tipo de abuso durante su época de estudiante en la Universidad, pero no recordaba bien el caso. Toda esa película que me había montado me había devuelto el interés por ella. Aún no sabía si se trataba de la misma persona pero, por algún motivo, me vino a la mente – Mañana buscaré su expediente – pensé.

Casi sin ganas me terminé «la fría» que me había dejado el camamero en la barra. Pagué la cuenta y caminé hacia la puerta del bar para dirigirme por fin a casa. Era finales de septiembre y la última semana de aquel mes me había resultado agotadora. Aunque ya era viernes no tenía muchas ganas de hacer esa parada antes de llegar a casa. Hubiese preferido irme directamente y relajarme con una ducha de agua caliente y una copa de vino. El imprevisto hizo que mis planes se demoraran un poco más.

Cuando me disponía a abrir la puerta de aquel ruidoso sitio, levanté la mirada y la ví. Allí estaba, frente a mi, con su extraña sonrisa. Nos quedamos mirándonos a los ojos fijamente durante unos segundos que a mi me parecieron horas. Ya no tuve ninguna duda. Era ella… Sara…

– Buenas tardes, doctor. Llego ocho años tarde a mi cita.

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Déjame entrar

Ella lo miraba, pero lo único que podía ver era la sombra del hombre del que años atrás se enamoró locamente. Cuando se conocieron era una persona maravillosa. Amable, atento, cortés… Lo normal en aquella época, al menos, en aquel ambiente donde se organizaban pretenciosas fiestas cada vez que comenzaba una estación del año y donde el camarero te va rellenando la copa de champán cada vez que das un sorbo. – la mayoría de los invitados salían de allí con una tremenda pero elegante cogorza.

Fue ahí donde se encontraron por primera vez, en una de esas fiesta. Ella sintió un flechazo nada más verlo. Un amor a primera vista. Él, quizás, algo parecido.

Aquella noche se acercó con la excusa de haber encontrado un pendiente tirado en el suelo. Como no, a la chica le faltaba el de su oreja derecha. Con el tiempo le confesó que había sido “un truco de magia”. Se había “tropezado con ella” a su llegada y fue ahí cuando – con mucho arte – le arrebató el pendiente de su oreja. Desde entonces, todo fue una sucesión de engaños. Evidentemente, ella no lo sabría hasta el final.

Era un otoño frío, bastante frío, más parecido a un invierno. En las cartas que nunca envió contaba que no le venía mal tanto abrigo. Además le encantaban los complementos. Bufandas, guantes, sombreros, cinturones… de todos los tamaños y estilos. Para ella, vestirse era todo un ritual. Ese año el otoño llegaba sin haber disfrutado antes del verano. Había adelgazado mucho y eso la había debilitado, no solo físicamente sino psicológicamente. Había retirado todos los espejos de la casa, pero aún podía ver su triste y pálido reflejo en los ojos de él, de quien sentía que no solo le hablaba con desprecio sino que también la miraba de la misma forma.

El verano había pasado lentamente. Imaginar su cuerpo semidesnudo tumbado sobre la arena de una playa y observada por cientos de ojos, que aunque no la miraran a ella, la hacían sentir incomoda. Ese pensamiento la atormentó desde los últimos meses de junio hasta finales de agosto. Había decidido que ese año no recibiría la mejor terapia, los rayos de sol calentando sus huesos a la orilla del mar. Respirando la suave brisa de aquel verano que intentó colarse por las ventanas de su casa. Se había construido una especie de jaula y se había prometido no abandonarla hasta que llegara el invierno. Esa era la única manera de evitar a esa gente que cuando se tropezaban con ella por la calle le recordaban lo delgada que estaba. Imaginarse en la playa era para ella darles más motivos de habladurías. Todo le hubiese resultado más sencillo si no le hubiese importado tanto lo que opinaran los demás.

Durante esos meses, él no intento ayudarla. Quizás le convenía tenerla en aquel estado. Ella se iba apagando poco a poco. Una vez le dijo que moriría por él, y literalmente, lo estaba logrando. Su familia y amigos, a los que casi ya no veía, empezaron a preocuparse e insistieron en ir a visitarla, pero ni él lo permitía ni ella estaba dispuesta a hacer nada que él no quisiera. El amor se había convertido en miedo, pero ella ya ni si quiera sabía distinguir un sentimiento de otro. Se apagaba como una vela que se queda sin cera. Curvando su figura hasta yacer tendida en esa cama en la que ya no dormía porque él tampoco lo hacía desde hacía unos meses.

Parecía que su cuerpo soportaba el paso de esos años que aún no tenía. Su piel, antes suave y tersa, se había secado igual que lo hicieron sus ojos que, hundidos, ya no lloraban. Su pelo, que había sido la envidia de muchas mujeres, crecía sano después de otro acto de autosabotaje donde decidió cortárselo ella misma con unas tijeras que había encontrado en un viejo costurero regalo de su madre.

El único rastro de belleza que le quedaba estaba dentro de ella. Su experimento la estaba matando.

– ¿Se enamoró de mi o del disfraz que llevo a la fiestas? – se preguntaba.

El tiempo y su deterioro físico le dieron la respuesta. Ya solo le quedaban dos opciones, o dejarse ir hasta la muerte o remontar, teniendo ya la respuesta que tanto buscaba.

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La vida en partidas (una opinión muy personal)

Un rompecabezas, un sudoku, un jeroglífico… un interminable juego de rol. Personas que se mueven como fichas de un tablero en una partida donde se establecen determinadas reglas, pero donde también cada uno elige la mejor manera de jugar su partida.

A veces me pierdo entre estrategias que no detecto como tales hasta que, por fin, descifro el mensaje y aprendo. Pierdes, aprendes. Ganas, aprendes. Pero cuando empatas puede crecer la rivalidad en el juego.

Tomarse la vida con sentido del humor para mi no es sinónimo de reírse de la gente. Hace algunos años, bastantes ya, podía hacerme gracia ese mismo tipo de humor que hoy critico. Me di cuenta de que detrás de esas bromas absurdas se escondía una verdad disfrazada. Tener la total libertad para decir algo que si se dijera de otra manera, en tono serio, podría hacer quedar mal a la persona que vierte su pensamiento – se libra de la responsabilidad de lo dicho convirtiéndose en un cobarde que tiene miedo a expresar lo que siente ante los demás, y por eso utiliza el recurso de la broma para reírse de otros.

Desde mi punto de vista hay que tener cuidado con eso. Hace poco leí sobre una “broma pesada” que se hace en no recuerdo qué país donde eligen a alguien y le cuelgan una personalidad inventada. Empiezan a crear en torno a esa persona – él o ella – un personaje irreal, al que le van poniendo los peores carteles. Lo llenan de adjetivos negativos hasta que, al final, todo el mundo lo ignora y… lo que no se ve, no existe. El vacío social termina enfermando a la persona, y ahí, termina “la broma”.

Creo que hay que tomarse la vida con humor pero sobretodo con AMOR. Se lleva antes a la normalidad la crueldad que la diferencia. Si respetamos que alguien sea de una manera, pero su manera, es reírse de las maneras de otro, hay algo que no me cuadra. Cuando en el humor, el objeto de burla no se ríe, no es una broma, es una agresión. Y si día tras día ese individuo» tan gracioso» utiliza el mismo recurso de vida, no es «una persona con mucho sentido del humor», es un psicópata. No sé por qué, pero a mi los payasos siempre me dieron un poco de miedo.

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Oscura vigilia

Dentro de su cabeza sintió el inquietante ruido del crujir de las hojas secas.

En su mente dibujaba un otoño que no sabía si llegaría. Aún así, había decidido teñir sus días de rojo y aprovechando el torrente de sangre que hizo brotar de sus venas, pintó también un cielo.

“Del azul de sus ojos”, pensó. Una mezcla, rápida pero perfecta en su paleta, rebajó la intensidad del color que no supo plasmar la intención de querer conservar en un frasco la belleza.

“Un exceso de bilis negra” – justificó con ese diagnóstico su ya desbordada locura. Se creyó un genio dándole forma al arte, pero de la pedrada en su frente tan solo corrían gotas de sudor y, hasta eso, él confundió con mares. La involuntaria reacción de su cuerpo ante la exaltación provocada por la liberación de su obsesión fue clara señal de alarma. Nunca lo vio nadie y él tardó mucho tiempo en darse cuenta de que la bestia, y no el genio, había ganado la batalla.

Sabía que era uno y mil, pero en su carta de presentación siempre prefería refugiarse en su personaje más amable y, entre tantos, había uno. El que defendía como deidad no era para nada el mismo que aquel ser que también habitaba en su interior y que cuando se despertaba causaba “esos horribles destrozos” Un espectro que rodeaba su aura y la corrompía. Alejándose de lo divino y acercándose a lo despreciable… pero inextricablemente unidos.

Para terminar su obra y encontrarle algún sentido no se privó tampoco del olfato, robando por completo su aroma. A medida que daba muerte a su cuerpo le daba vida a un lienzo que luego, terminó firmando con el negro color de su trenzado pelo.

Al disiparse la locura regresó el dolor, la rabia, la ira, la tristeza y también el llanto.

Su cuerpo no yacía sobre la arena de una playa sino sobre el frío suelo de un cuarto oscuro sin ventilación, ni ventanas. El zulo que él tenía preparado para sus “momentos de arrebato”, de “bilis negra”, de genio atrapado. “Viejo loco”- dijo en voz alta mientras la miraba. Luego se dirigió hacia el retrato y el lienzo se transformó, de repente, en una sucia sábana arrugada lanzada sobre un colchón mal colocado en el suelo. Todo estaba sucio y descuidado, tanto como él. Al mirarse en el espejo que había situado justo en frente de la chica vio su arrugado rostro manchado de sangre y pintura. En sus manos aún tenía restos de las vísceras de su última musa. El ruido de las olas del mar se alejaba y comenzaba a escuchar el chirrido de unas aves carroñeras.

En su déjà vu dibujaba el otoño pero aún era verano. Miró a su alrededor y pensó: “Gracias a dios todavía queda tiempo para que no crujan las hojas”

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Poemas del viejo hotel

Recupero frases perdidas

entre las llamas de un incendio provocado.

Arden las palabras que escribimos,

Y es extraño, te aseguro que es extraño.

Por la ventana se cuelan cenizas,

Restos de aquel fuego cruzado.

Tuviste valor para avivar las llamas

pero no para apagarlo.

Y es extraño, te prometo que fue extraño.

Veo como la gente se mata,

igual que tú y yo nos matamos.

Escupiendo con fuerza palabras

que como dagas se clavaron.

Es extraño, el dolor también lo extraño.

Detrás de ti, estaba yo,

Y detrás de mi no había nada.

Entonces sopló fuerte el viento

dejando restos de mi, en tu cara.

Cenizas que fueron fuego,

Y es extraño que también tú fueras un extraño.

Silvia cerró el cuaderno que guardaba en el primer cajón de la mesita de noche del lado izquierdo de su cama. Una libreta pequeña de tapa azul en la que Bruno había pintado una niña rubia con una sonrisa de oreja a oreja y una cartera gigante en su mano izquierda. Vestía una bata azul de cuadros. Hasta aquella noche no había reparado en un detalle, en su babi había dibujado un nombre en forma de bordado, Charlotte.

– ¿Charlotte? En mi infancia nunca se me hubiese ocurrido ese nombre, y mucho menos lo hubiese escrito bien. Probablemente, la hubiese llamado Lola, María, Ana… o quizás, Carlota pero, ¿Charlotte?¿Cómo es que no lo había visto antes?

Bruno era así, una caja de sorpresas. Silvia lo sabía, y lo apreciaba. Cuidaba de su fantasía. Hay que dejar que los niños disfruten el mayor tiempo posible de su infancia. Sin sobre protegerlos, pero sin descuidarlos. Estando presentes pero, a su vez, dejándolos libres.

Guardó su libreta dejando sus pensamientos para mañana. Comprobó que la alarma de su reloj estaba puesta a la misma hora de siempre, y se acostó. Que su cuerpo estuviera en reposo no significaba que su mente también lo estuviera. El solo hecho de intentar no pensar en nada hacía que su cabeza se disparara.

Escribía frases cada noche en su libreta. “Cartas a…” así las llamaba porque sabía que se las dirigía a alguien pero no sabía a quién. Recordó aquella imagen que vio en el espejo del baño de la segunda planta y pensó: “¿Y si son para él?”

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El Mercadillo Inglés.

A través de la ventana se cuela el murmullo de la gente y su paso acelerado hacia el interior del mercadillo de un precioso vivero que han abierto debajo de mi casa.

Diferentes puesto decoran un aparcamiento vacío de coches donde han colocado varias mesas y, alrededor, unas sillas estilo vintage para que los visitantes puedan sentarse a degustar alguno de los productos que ofrecen.

Las plantas no son las atracción principal, al menos los primeros domingos de cada mes, donde se dan cita para celebrar el día del mercadillo inglés.

¿Por qué lo llaman mercadillo inglés si está en pleno corazón de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria? Desde aquí puedo observar los diferentes puestos dedicados a la gastronomía: mermelada de tunos, mojos de diferentes tipos, dulces de Tejeda, bisutería, artesanía, cosmética… Sigo buscando el sello inglés a través de mi ventana y consigo leer en un cartel los precios de los ticket de comida: paella, croquetas, ropa vieja, jamón, tortilla… nada de «fish and chips»

En el interior del vivero han colocado algunas casetas con ropa. Sombreros, pañuelos, bolsos, y otros complementos cuelgan de sus pechas pero todo sigue pareciéndome «muy de aquí».

Ni si quiera las papas que se usan para arrugar son las «King Edward» sino «las del país» Lo único inglés que encuentro cerca es el British Club con quien comparte ubicación. Este sitio es lo más inglés que hay en toda la calle. Es bar, es restaurante, es un club de lectura, y fue lugar de encuentro para las primeras colonias de comerciantes de las islas británicas, y actualmente, sigue conservando su esencia.

Aún así, el vivero y lo que organizan en torno a él, es bonito, pero no inglés. Se llena de gente los primeros domingos de cada mes. Música en vivo amenizando el ambiente, y algo de ruido. Ese que se cuela a través de mi ventana como un hilo musical que no puedes apagar. Que me trae invitados diferentes los primeros domingos de cada mes y con los que, de vez en cuando, me entretengo imaginando ser la guionista de sus vidas.

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Los hijos del viejo hotel

– Yo conocí a Tom Sawyer y a Huckleberry Finn. Fui uno de esos chicos que le ayudó a pintar la valla.

Bruno siempre saltaba con alguna frase rara que dejaba al resto de sus amigos desconcertados. Con el tiempo, se acostumbraron a sus historias e incluso, algunas veces, se atrevían a formar parte ellas avivando así sus fantasías.

– ¿Sabes que Tom Sawyer es una novela, verdad?

– Eso fue luego. Tom existió. Era un niño travieso con muchas historias divertidas que contar. Y eso hizo luego, cuando se convirtió en un anciano que empezaba a perder la memoria, y entre fantasía y realidad, plasmó sus aventuras de la infancia, donde yo también estuve.

– Bruno, tienes nueve años, y el personaje es de mil ochocientos…

– ¿Setenta y seis? Lo sé. Nunca me borran la memoria.

Cuando empezaba a divagar con sus «anécdotas» era mejor dejarle en su mundo que obligarle a salir de el de manera precipitada. Tenía un grupito de amigos con quienes solía ir a jugar a los jardines del viejo hotel.

– ¿Nos colamos? – preguntó Jota.

Aunque a Bruno le entusiasmaba la idea de explorar con sus amigos ese descuidado edificio, también le incomodaba el hecho de saber que su madre trabajaba allí. La descripción que ella solía hacer de aquel lugar no le gustaba en absoluto, pero también era eso lo que le despertaba más interés. Sin duda, era un sitio al que le rodeaba mucho misterio, sobretodo para él, que podía ver más allá de donde alcanzaban sus ojos, y recordar aquello a lo que no llega la memoria.

– Pero no subamos a la segunda planta. – dijo Bruno sin saber muy bien por qué.

– Vale. No creo que nos de tiempo de verlo entero. Es enorme.

Jota cogió el bastón de mando y se nombró líder del grupo aquella tarde. Bruno, Lola, y el pequeño Leo se dirigieron con paso firme a una de las ventanas de la planta de abajo y que daba al jardín principal. Casi siempre estaban abiertas hasta las siete de la tarde en verano, y hasta las cinco y media en invierno. A partir de esa hora, el personal abandonaba por completo el edificio quedando totalmente cerrado.

Eran las cinco y media. Verano de 1974. Al llegar observaron que la ventana estaba entreabierta y no dudaron ni un segundo en colarse dentro.

– Ya verán – dijo Lola- Nos estamos metiendo en un lio. Además, Bruno, ¿aquí no trabaja tu madre?

El comentario hizo sentir mal a Bruno. Empezó a tener un enorme sentimiento de culpa por lo que estaban haciendo, pero al final, sus ansias de aventuras le ganaron la partida a la idea de estar haciendo algo que su madre no aprobaría.

– Hoy no trabaja de tarde – se quedó pensando un rato y continuó – Me preocupa más encontrarme con mi padre.

Bruno nunca hablaba de su padre. De hecho nunca lo conoció. Sus amigos se quedaron algo confundidos, pero Bruno era así. No siempre sabías lo que quería decir.

– ¿Tu padre trabaja aquí? – le preguntó Jota.

– No, pero un día tuve un padre que vivía aquí. De hecho, durante un tiempo, vivimos aquí los cuatro. El mar estaba tan cerca de nosotros que cuando subía la marea podías escuchar como las olas golpeaban contra el edificio. Tenía una hermana pequeña a la que contaba historias de sirenas cuando el ruido le asustaba tanto que no se podía dormir. Le regalé una caracola que recogí en esta misma playa para que se fuera acostumbrando al sonido del mar. Me gustaba vivir ahí. Éramos tan felices que papá no logra olvidarnos. Por eso sigue por aquí.

Bruno era hijo único. Vivía con su madre. Nunca conoció a su padre. Ni si quiera nadie le había hablado mucho de él. Siempre que preguntaba, a su madre o a sus abuelos por parte de esta, intentaban de alguna manera esquivar el tema. Pero Bruno empezaba a darse cuenta de esto, y como no quería incomodar a su madre, ya no preguntaba. Él también era feliz así. Solo con ella… y con sus recuerdos.

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Las oficinas del viejo hotel

Era un roto en el pantalón que un día se puso de moda.

Una herida molesta que no termina de cerrarse.

Ese reflejo de luz en la ventana que te ciega.

Un recuerdo lleno de polvo para limpiar y guardar.

Un sendero en forma de bucle que te devuelve al mismo sitio, una y otra vez.

Ese lugar daba miedo. Sentía escalofríos cada vez que atravesaba sus pasillos. Podía escuchar las voces que cuchicheaban a cada paso que daba. Me observaban. Me seguían con su mirada, y me juzgaban. Sus ojos se clavaban en mi alma y, a veces, pertenecían a diferentes caras, o a ninguna.

Enfermé. Ellos consiguieron que también lo hiciera más gente. Todos sabían que en algún momento les podía tocar, pero solo algunos asociaban sus síntomas con aquel desolado edificio.

Subí por las escaleras para dirigirme al baño que había en la segunda planta. Eran las tres y media, y casi no quedaba nadie en la oficina. La primera puerta a la derecha, cómo no. A pesar de que estaba limpio su aspecto era de sucio y descuidado. Necesitaba una reforma urgente. El edificio se estaba cayendo a cachos, pero allí seguíamos, a nadie le importaba si algún día se derrumbaba con nosotros dentro. Hasta que no pasa algo grave, no cambian las cosas, y aunque allí ya estaban pasando, todo seguía igual. Abrí el grifo, me lavé bien las manos, y me refresqué la cara. Cerré los ojos y estiré el brazo derecho en busca de un trozo de papel para secarme. Al abrirlos vi su imagen en el espejo.

Extrañamente no me asusté, a pesar de que sabía que no había nadie más en aquel pequeño cuarto de baño. Acto seguido desapareció, como si hubiese sido una alucinación. Esa vez el miedo no me paralizó. Sentía más angustia por el mundo de los vivos que por el desconocimiento de lo que, de alguna manera, también existía en aquel lugar pero que ni se veía, ni se podía explicar. Ahora tenía una prueba más. Esa sensación se había materializado en forma de cuerpo, al menos durante unos segundos. Me pareció que a él también le había sorprendido que pudiese verlo a través del espejo del baño de esa misteriosa segunda planta. Quizás ese viejo hotel comenzaba a tener algo de encanto.

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El viejo hotel

En mi vida pasada tomé una pluma para poder escribirte.

Robé un lienzo para intentar dibujarte.

Maté a un cuervo por no trasladarte mis besos.

Y talé un árbol por no recordar la promesa de un te quiero.

Observo cada planta de ese viejo edificio intentando ver la belleza de lo que un día fue. Desde mi ventana no puedo escuchar el ruido de la gente, y ellos, no pueden escuchar el sonido de quien les susurra a cada paso. Lo que antes fue un retiro de paz y descanso, ahora se ha convertido en un lugar de “descanso en paz”. No ha perdido el misterio pero sí su encanto, y lo más valioso que queda eres tú.

Nos alojamos en la tercera planta, donde ahora se tramitan las licencias. Verano, 1921… Lo repetimos cada año hasta que nos convertimos en parte de la historia. Es difícil que lo recuerdes con tanto escándalo.

Me mudé justo en frente para poder saludar a los niños. Se que si cierras los ojos e intentas escuchar el sonido de una risa será la de ellos. Nos conocemos, claro que nos conocemos, aunque ahora nos hayamos visto solo un par de veces.

Te encantaba despertarte temprano para disfrutar de ese delicioso desayuno. Me encantaba verte disfrutar con cada bocado. En la primera planta puedo escuchar aún el sonido de los platos, de cubiertos que se caen al suelo, el crepitar de los fogones. Puedo sentir el calor, percibir el olor e incluso, a veces, puedo tropezarme contigo.

Nos hemos querido tanto, y de tantas maneras, que ya perdí la cuenta de las veces que cambió tu cara. De las diferentes vidas que vivimos. De las distintas escenas, paisajes, personas que guardamos en nuestra memoria. Y siempre me encontrabas, o te encontraba. Solo cambiaban los diferentes momentos de nuestras vidas.

Hoy tenemos este. Y ahora mismo es lo máximo que te puedo contar porque lo que tampoco cambia es mi discurso. Te conozco, y tú a mi. Sabemos como termina esto. Lo importante es empezar cuanto antes.

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¿Dónde está Jony?

Apareció de repente, dando vueltas a la manzana con su bicicleta azul de tres ruedas. Cuando pasaba por delante de la puerta de mi vecina le cantaba: «mi jaca, galopa y corta el viento cuando pasa por el puerto…»

«Se lo voy a decir a tus padres» – le gritaba ella. Pero Joni, con sus tres ruedecillas, ya había alcanzado la esquina para seguir dando vueltas a esa pequeña manzana.

Nos hicimos amigos. Era el más pequeño de todos. Llegó como por arte de magia. No conocía a sus padres pero sí a su abuela, que vivía en una casa terrera con un bonito patio canario donde, además, había plantada una palmera. También tenían un loro que cantaba canciones de Manolo Escobar. La entrada era como una especie de portón que dividía dos viviendas que compartían ese maravilloso patio.

A sus padres los vi solamente una vez. Él era alto, rubio, con la barba recortada, y guapo, creo que Jony se parecía bastante a él. Su madre era delgada, morena y con el pelo rizado. También muy guapa. Jóvenes, bastante jóvenes en comparación nuestros padres. Tenían otro hijo del que no recuerdo su nombre, pero tendría unos dos añitos.

Nos pasábamos las tardes jugando. Mis primos, Ani, Airam, y yo. Cuando nos juntábamos en La Plaza el grupo crecía. Jony era muy ingenioso, pero también inocente, sano, y bondadoso. Jamás pude imaginar que algo no iba bien porque siempre estaba feliz.

Vamos a mi casa a comer pipas del oro – soltó de repente.

¿Pipas del oro? ¿Eso que es?

Pues como las pipas normales. Un poco más grandes, y sin sal. Así no se nos arrugan los labios – sonrió.

Supongo que fue en uno de esos momentos de «aburrimiento». Cansados ya de toda clase de juegos, y cegados por el hambre de porquerías. Éramos un grupito de golosos con mucha imaginación.

Entramos en la casa. Saludamos a su abuela que nos miró con cara de desconcierto, y nos sentamos en el patio debajo de la palmera a comer pipas. No estaban mal, les faltaba esa sal que a mi me encantaba chupar antes de llegar a ella, pero se podían comer. Cuando ya habíamos ingerido varios puñados cada uno, cerró el paquete, y nos dijo: «bueno, ya está, que al final vamos a dejar sin comida al loro»

Recuerdo la cara de asco de mi primo que se estaba llevando su última pipa a la boca. Jony se reía sin entender muy bien lo que había pasado.

¿Estas pipas son para el loro? – le pregunté.

Claro, se los dije desde el principio.

Dijiste pipas del oro.

No, dije pipas del loro.

Pues aprende a hablar con propiedad. Podías haber dicho la comida del loro, creo que te hubiésemos dicho que no.

Pero si son iguaaaaaaaales.

No lo había hecho para reírse de nosotros. Se quedó triste porque nos habíamos enfadado ese día por lo de las pipas, pero estaba claro que él las había comido antes, y no le pareció que fuera nada malo.

No recuerdo si aquel día nos fuimos en señal de «castigo». Probablemente así fue, pero nuestros enfados duraban medio día, así que seguro que volvimos a disfrutar de su compañía horas más tarde.

Quizás pasó un año, y como vino, se fue, también como por arte de magia, solo que ese truco no nos gustó tanto. Desaparecieron de repente. Sus padres, su hermano pequeño, y él. La única que quedó fue su abuela, de la que nunca supe mucho más. Quizás nuestros padres pensaron que éramos demasiado pequeños para saber dónde estaba Jony pero la incertidumbre siempre es peor. Imaginas muchas cosas y no sabes si alguna de ellas será real.

Pasaron años hasta que volví a ver a su hermano pequeño, que ya no lo era tanto. Fue en el supermercado. Estaba cogido de la mano de su abuela, pero ni rastro de Jony. Pregunté muchas veces, ninguna respuesta. Los años te hacen descubrir detalles que de niña no percibes. Los padres de Jony eran drogodependientes que, al nacer su hermano pequeño, decidieron darle una oportunidad a la vida. Por un tiempo dejaron ese ambiente poco apropiado para dos niños y se instalaron en casa de la abuela, la madre de su padre.

Pasó un año, y el barrio, que tampoco era el mejor sitio para escapar de esa situación, les hizo tener una recaída. No se si algún problema legal más hizo que, de la noche a la mañana, desaparecieran los cuatro.

Con el tiempo, me enteré que la abuela había conseguido la custodia del más pequeño, pero nunca supimos nada más de Jony. Solo espero que también tuviera la oportunidad de escapar de esa vida a la que fue arrastrado. Ahora será un hombre de unos cuarenta y pocos años. Alto, rubio, guapo y, espero, que con toda una vida de éxitos por delante.

… «El patio de mi casa es particular. Cuando llueve se moja como los demás».

– Gente del barrio

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Libre del pecado original

No es difícil amarte,
lo complicado es expresar lo que siento.

Entre las cosas más sencillas nunca estuvo un te quiero.
Tampoco un lo siento es fácil. 
¿Cuándo es simple un sentimiento?

Hay quien lo narra y te dice,
con palabras o con gestos, lo que su corazón le cuenta
pero un latido es "solo" eso.
Un sonido, un compás, 
una melodía sin letra,
sinfonía "nada más"

Sabría ponerle palabras y fingir que lo puedo expresar
pero, ¿quién ha visto el aire?
Y nadie duda al respirar.

Tampoco se describir el cielo
y a punto estuve de tocarlo.
Justo antes de venirme al suelo
para enfrentarme al fracaso.

Vi tu mano tendida,
flexionadas tus rodillas
Y tu cómplice sonrisa
que me invitó a levantar.

El amor llega deprisa
te adelanta en cada esquina.
No respeta en la partida
esa señal de salida.
                                                                                                       
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Planta once

Subimos a la última planta del edificio, la capilla. Aquel ascensor no solo era viejo sino que parecía el escenario de una película de terror. Más de una vez vi a mi padre meter el brazo entre las puertas de una manera bastante imprudente para evitar que se cerraran de golpe. También lo hacía para recuperar las chocolatinas que se quedaban atascadas en esas máquinas expendedoras que había antes. Esto me ha hecho recordar un anuncio muy antiguo donde una especie de súper héroe estiraba el brazo de una manera sobrenatural para promocionar su kilométrico chicle.

Ani, Airam y yo habíamos llegado. Cuando se abrieron las puertas del ascensor nos sorprendió la oscuridad de aquella planta. No se qué pasa con los últimos pisos de algunos edificios, pero también ocurre con la séptima y última planta del Corte Inglés de Mesa y López. Cuando llegas allí parece que has cambiado de tienda, o incluso de época, o de mundo. De pequeña me daba miedo subir allí. Pasabas de un escándalo de luces a una iluminación extremadamente tenue. Hacía más frío que en el resto del edificio, incluso los dependientes parecían de otra dimensión. Creo que era la planta de «oportunidades», y yo siempre que la tenía, la evitaba.

Estábamos en la Capilla, y decidimos entrar a rezar. Ani era la mayor, tenía diez años, y Airam y yo, nueve. Nos sentíamos pequeños exploradores. Influenciados por películas como los Goonies, Regreso al Futuro, La Historia Interminable… nos adentramos por un lúgrube pasillo buscando una puerta.

«Tú primero. No, tú primero. Tu eres el niño, así que tú vas primero. Las niñas y los enfermos primero. Yo soy la más chica, no voy a pasar primero. Anda, quita, miedoso». En realidad los tres éramos bastante valientes, pero nos encantaba «picarnos». Al final, Ani, que era la más madura de los tres, tomó la iniciativa. Abrió la puerta y entró. Airam y yo la seguimos. Era una sala muy pequeñita pero perfectamente cuidada. La imagen de Jesucristo en la cruz nos impresionó de tal manera que nos quedamos petrificados. Supongo que la magnitud de aquella representación en comparación con el tamaño de la sala nos resultó imponente. Cinco filas de bancos muy bien alineadas, y un pequeño rinconcito donde podías encender unas velas, y flores, muchas flores. Olía bien. El único sitio que olía bien de aquel enorme edificio.

Elegimos la tercera fila. Nos pusimos de rodillas, juntamos las palmas de las manos, y nos quedamos en silencio. Imagino que cada uno rezó lo que mejor sabía. En mi caso siempre era un Padre nuestro, luego el Dios te salve María, y después un Gloria al Padre… En mis momentos de más atrevimiento me inventaba un Credo, pero lo habitual era eso.

Después de sentirnos en paz con Dios volvimos a los ascensores, pero no con la intención de bajar sino con la de ser los guardianes de la escalera. Estábamos en la undécima planta, y la gente que estaba en la primera, la cafetería, parecía muy muy pequeñita. Nosotros habíamos subido con un objetivo, que en realidad no era la Capilla, pero nos pareció que antes de lo que íbamos a hacer debíamos pasar por allí. Habíamos subido toda clase de chucherías. Chocolate, caramelos de cristal, pastillas de goma, el kilométrico chicle, y algunsa bolsitas de papas (de las de cinco duros) que no llegaron a su destino. Y allí, atrincherados en la escalera de la última planta del hospital pasamos muchas tardes jugando a ser soldados que disparaban pastillas de gomas a quienes parecían hormigas tomando café.

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A escupir a la calle

Hace tiempo que no oigo esta frase que escuchaba mucho de pequeña. Antes no la entendía, o la entendía en el sentido literal. Ahora se que puede tener diferentes tipos de contextos.

Para mi, la mejor forma de «escupir» hoy en día ¿(o era, hoy día?… Tuve un profesor de Lengua y Literatura buenísimo, al que no le gustaba nada esta expresión. Le gustaba mucho mi manera de escribir… a pesar de la sintaxis. Es una pena que lo que no me importe no me despierte interés porque «hoy en día» me sigue pasando lo mismo, a pesar de la admiración que siento por él).

Para mi, escribir, es salir a escupir a la calle. Hace años descubrí que me servía de terapia para no tener que castigar a los demás con la sinceridad extrema, esa que no siempre se pide. Para liberar los «prontos» donde rebajar la intensidad de crispación que puede provocarte un mal día, y donde normalmente descargas con las personas que tienes a tu alrededor, y que son las que más quieres. Los seres humanos tenemos conductas muy extrañas que dependen de tantos factores que lo mejor es la introspección. Conociéndonos más a nosotros mismos podremos encontrar la manera más sana de comportarnos con los demás (salud mental para todos).

Creo que esa «fea costumbre» de escupir en la calle puede convertirse en un gesto maravilloso para encontrar algo de paz en un mundo donde la guerra y el conflicto son enfermedades que, aunque provienen de siglos atrás, se siguen padeciendo.

Si naciéramos con ciencia infusa… qué fácil sería todo.

(Guiño a A. Alais y a Teresa de Armas Marcelo).

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El chico – Parte 2

Dibujo una esfera perfecta. Parece sorprendido, aunque yo también lo estoy. Un profesor me enseñó a hacerlas usando el codo de compás. Las doce, las tres, las seis, y las nueve. Bueno, no es la mejor forma de pasar la tarde, pero me entretiene dibujar, aunque no tenga ni idea de por qué me ha pedido que haga la esfera de un reloj. La semana pasada estuvimos con un jueguecito absurdo donde me hacía seguir visualmente un objeto que realizaba movimientos lentos y desesperantes.

Mientras termino su estúpido ejercicio pienso en el chico del bar. Su reloj no se parece en nada a este. Ese día había hecho veinte kilómetros, había ingerido 2300 calorías, bebido un litro y medio de agua, y sus pulsaciones llegaron a ciento treinta y uno.

Fue interesante seguirlo durante cuatro semanas. Al final me resultó hasta simpático, pero lo que me llevó a él fue la venganza. Su cabecita funcionaba peor que la mía cuando daba rienda suelta a sus impulsos. Creo que nunca llegó a darse cuenta de lo mal que estaba, incluso cuando se lo intenté explicar en nuestro último encuentro. Nunca aceptó su condición. Jamás admitió el delito que cometió años antes cuando dejó salir al monstruo. Quizás había aprendido a controlarlo pero el daño ya estaba hecho. Era un chico guapo, muy guapo. Por eso conservé su cabeza.

Voilà, reto conseguido! Miro el reloj de pared que está situado justo detrás de mi. Él observa el dibujo. Me mira, y de nuevo mira el dibujo. No me gusta ese gesto. No se si pretende intimidarme, pero lo está haciendo. No le conviene. Pensar en el chico del bar me ha desestabilizado. Respiro. El gira su silla y coge de su mesa el test con el que empezó la sesión de hoy. Está meditando un diagnóstico, estoy casi segura. Hoy no es el día, me ha desarmado. Recuerdo lo que me hizo años antes. Un juego psicológico en el que él lleva varias horas de ventaja. Tengo que llegar a mi recuerdo antes que él. Mientras tanto, planeo mi venganza.

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El fin de un verano en invierno

El silencio de la noche estremecía como un apasionado beso, una delicada caricia, o el primer bocado de tu plato favorito.

No me apetecía volver al ruido de la ciudad, la cárcel de la libertad. Volver a la esclavitud de un reloj, de un trabajo, de un teléfono. Prisioneros sociales en un mundo tan grande que te da la sensación de libertad. Descubro en mi mente una ventana entreabieeta que me permite escapar a una vida más amable. Cielos despejado, majestuosas montañas, increíbles atardeceres… Y al otro lado, guerra, caos, destrucción. Seres humanos encoletizados con su propia esencia. Personas que no permiten a otros la contemplación de un mundo hermoso solo porque eso les hace sentirse más poderosos.

Pero si nos dejan, si los dejan, quizás puedan verlo, disfrutarlo y acariciarlo con sus dedos. Respeto, empatía y compresión son los pilares del entendimiento. Esta claro que no somos todos iguales, ni pensamos de la misma manera, ni nos gustan las mismas cosas pero no por eso hay que aniquilar al otro. Lo que nos parece diferente, nos asusta. El miedo nos hace actuar de la manera más imprevisible, pero precisamente en esa diversidad está la belleza.

El mundo es un lugar increiblemente hermoso y mágico, pero en la magia todo tiene truco.

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Ciro

¿Qué le pasó al dos y al ocho?

Ciro apunta con su pequeño dedo al número de la calle de la casita terrera que hay justo en frente de la casa de su abuela. La placa del veintiocho, colocada encima de una puerta de madera vieja e inflada por la humedad, colgaba de uno de sus cuatro tornillos, el del lado superior derecho. Era una casa deshabitada desde hacía mucho tiempo. El abandono de sus herederos, sumado al del Ayuntamiento, al que poco le importaba aquella calle, habían conseguido que nadie reparara en ella, excepto Ciro. Muchos niños del barrio solían usarla de diana cuando jugaban al fútbol o al baloncesto alrededor de sus casas. En aquel entonces era muy habitual que se jugara en la calle.

«Ahí ya no vive nadie, Ciro» – Sabía que no le estaba respondiendo a su pregunta, y él no era un niño que se conformaba con cualquier respuesta.

«Pero, ¿qué le pasó al dos y al ocho?»

Me hizo pensar en el olvido. Hasta ese momento ni si quiera me había fijado en ese número a punto de caerse. Durante toda su vida, desde su infancia hasta su muerte, fue el hogar de una señora a la que llamaban Antoñita la partera, y que a pesar de no poseer ningún título, se dedica a traer niños al mundo, y de manera clandestina, encontrar unos padres para esos bebes que en la mayoría de los casos eran de madres solteras, prostituta, o niñas de bien que se habían quedado embarazadas en una época donde eso era «pecado mortal». Esa mujer cuidó mucho de la gente del barrio, y la gente del barrio, cuidaba mucho sus fachadas. Casas pobres, de gente honrada, que vivió la escasez de los años de guerra y posguerra.

Cogí la caja de herramientas del abuelo, y saqué cuatro tornillos nuevos que sabía que encajarían perfectamente en aquella placa. Una escalera de cinco peldaños era suficiente. La misma que tenemos todos en casa. Armas en mano, crucé la acera y quité el único tornillo oxidado que quedaba. Coloqué los nuevos y los fijé a la pared.

Animada volví a casa para coger un bote de pintura blanca que había sobrado de nuestra última reforma pocos meses antes. Hice una mezcla casi perfecta, obteniendo el mismo tono verde que tenía originalmente la fachada de aquella bonita casa. Brocha en mano refresqué su frontis devolviéndole algo de vida.

– No es la muerte quien te hace invisible sino el olvido…

Ciro había observado todo asomado al viejo postigo de la casa de su abuela. Cuando me vio cruzar la calle me recibió con una enorme sonrisa. En sus ojos podía ver la admiración que sentía por aquello que había hecho minutos antes motivada por su curiosidad hacia ese número a punto de descolgarse y que, además, despertó en mi un sentimiento de profunda nostalgia. De repente, y sin apagar su sonrisa, Ciro extendió de nuevo su pequeño dedo y dirigiéndolo una vez más a la placa, me preguntó: ¿Me cuentas la historia de cuando la abuela vivía en el veintiocho?

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Recodo

Era una casa normal. Cuatro paredes. La distribución era sencilla. Salón, cocina, una habitación y el baño. Un sofá de dos plazas, una pequeña mesita de madera y un mini mueble para la tele. La tele, de tubo, claro. La cama de cuerpo y medio. Sin mesita de noche, pero sí una lámpara en el suelo, en el lado derecho, si no recuerdo mal. Un váter, un plato de ducha pequeño. Sin bidé, por supuesto, porque ahí solo quedaba espacio para un lavamanos.

Quinientos euros al mes. Esa barbaridad me pidieron por ese piso. Es cierto que está en una buena zona, pero qué locura. Quinientos euros al mes, agua y luz aparte. Y encima me decía que, tal y como están las cosas, era una auténtica ganga. Y entonces le dije, pues métase su ganga por… por eso me quedaré un tiempo más en tu casa. Pero solo hasta que encuentre algo en condiciones. No te importa, ¿verdad?

Tras ese monólogo sin pausa quedé desarmada. Qué podía decir si ella lo había dicho todo. No se por qué siempre me ha costado tanto decir simplemente, no.

Después de varios «chucu chucus» más, saqué un spray de pimienta y pulvericé los ojos de mi amiga, pudiendo, por fin, decir algo: » no hay mayor ciego que el que no quiere ver».

Y así fue como di rienda suelta a mi locura. Así empezó todo. Le dije a mi psiquiatra mientras clavaba mi mirada en su ruidoso bolígrafo.

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Ruido

Se desvanece el silencio.
El insoportable murmullo de una herramienta oxidada taladra mi mente con su ensordecedor ruido.

A lo lejos, tu descuido.
La sombra de un desdeñado velo.
Dibujando el alma
Un ensombrecido cuerpo.
Figura de aquel gigante
que la noche hizo pequeño.

Sin látigo, me fustigas
Me golpeas en la cabeza
Arrancándome la ira,
la improvisada nobleza
de una pueril sonrisa
Cuando invocas a la bestia.

Bella criatura, dormida.
Entre sábanas de seda.
De almohadas mullidas
De noche de luna llena.


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Efímero

Gente grande en un mundo pequeño, y gente que se siente pequeña en un mundo demasiado grande.

A veces querrías verlo todo, como cuando intentas aprovechar al máximo un viaje. Otras, puede llegar a aturdirte salirte del camino que ya conoces.

La calle que te lleva al trabajo, la tienda de la esquina. Ese gente que a veces te molesta tanto como te importa.

Se estrechan las paredes de tu casa creando un muro de protección donde, sin a penas darte cuenta, construyes ese pequeño mundo adosado al anterior.

No sabes en qué momento se volvió demasiado grande. Tú siempre te sentiste cómoda en espacios más pequeños. Pero sabes que es tu mundo, y que no debes tenerle miedo.

Formas parte de él, tanto como los demás. Tu forma de verlo y sentirlo no tienen un sello de exclusividad. Tu pensamiento es tan individual como colectivo, dependiendo de si te lo quedas, o lo compartes.

Las paredes se estrechan pero la puerta sigue estando en el mismo sitio. No tener una mirilla, sumado a mi enorme curiosidad por las cosas me animan a abrirla.

Nunca pensé que pudiera usar esta frase aquí, pero: «Hola mundo»

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Las hermanas – Parte 1

A Isabel siempre le había encantado ese cofre que escondía su abuela en el armario. Su madre murió cuando tenía 4 años y su padre volvió a contraer matrimonio meses más tarde con una mujer con la que inmediatamente tuvo descendencia, otra niña, a la que llamaron Clara. Isabel tenía 7 años cuando nació su hermana. Para ella ese fue, sin duda, el final de su reinado.

A pesar de que sus abuelos seguían tratándola con el mismo cariño, no pasó lo mismo con su padre, que comenzó a volcarse más en su hija pequeña. Su madrastra nunca le había hecho mucho caso pero según iba cumpliendo años, Isabel, recibía peor trato por parte de esta.

En su catorce cumpleaños, su abuela la sorprendió con un misterioso regalo. Un cofre de madera de pino que por su aspecto parecía muy muy viejo, pero que sus dueños habían conservado en perfecto estado. Su abuela era un persona muy cuidadosa que le daba gran valor a las personas, pero también a las cosas. «Porque costaba mucho conseguirlas» Y así era, vivieron una época donde tuvieron que trabajar mucho para conseguir un techo y comida. Hoy en día, aún sin saber si nuestras necesidades básicas estarán cubiertas, nos tiramos de cabeza al mundo del consumismo, perdiendo, a veces, esta misma pieza tan fundamental para el cuerpo… la cabeza.

Siempre habia sentido curiosidad por saber qué contenía aquel cofre, y ahora, lo tenia entre sus manos. Se sintió especial. Hacía tiempo que no le demostraban afecto. Sus abuelos se habían mudado a otra ciudad y sólo los veía una vez al mes, o quizás menos. Su padre a penas le dirigía la palabra. Su madrastra se había vuelto violenta con ella. Y su hermana era una niña mimada, pequeña, y consentida que no tenía la culpa de nada.

«Ven, niña. Siéntate a mi lado y escucha. Esta cajita de madera tiene su historia y como su nueva dueña tienes que conocerla».

«Puede ser que esta sea la última vez que nos veamos» – sus palabras la estaban dejando sin aliento. Mientras escuchaba a su abuela con los ojos abiertos como platos, esta abría cuidadosamente el cofre bajo la atónita mirada de su nieta.

«Estos recuerdos en forma de objetos son mi más preciada herencia, y son para ti. Quiero explicarte por qué, y una vez lo haga, lo entenderás todo».

En el cofre había algunas fotos viejas en blanco y negro, algo que parecía mechones de pelo cuidadosamente trenzados, y algunos objetos antiguos que despertaron más su curiosidad.

«Esta navaja perteneció a tu bisabuelo, mi padre, que a su vez la heredó del suyo. Ambos fueron orfebres. Este medallón de oro se lo hizo a su mujer, y esta pequeña pulserita de oro, a su nieta cuando nació, tu madre».

La echaba mucho de menos, y a medida que pasaban los años, más. Al escuchar que esa diminuta pulsera era de ella, se emocionó. De sus ojos empezaron a brotar lágrimas que resultaba imposible contener.

«Con los años podrás descubrir el poder de cada uno de estos objetos. Todos tienen parte del alma de las personas que lo poseyeron, por eso son tan especiales. Mi padre realizó un meticuloso trabajo de alquimia con ellos, y antes de morir, me enseñó como conectar con sus dueños. Vamos a empezar con en el que activó tu energía»

Isabel cogió aquella pequeña joya que pertenecía a su madre. La acarició con sus dedos y miró a su abuela esperando alguna indicación.

«Cierra los ojos y piensa en ella. Pronto recordarás también su olor, el sabor de su comida. El sonido del latido de su corazón en tu oído. El tacto de su mano… su llanto al escuchar el tuyo»

De pronto sintió como alguien acariciaba su pelo suavemente…

«Isabel, abre los ojos»

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Amanecer truncado

Cuando todo se reduce a nada.
Y la nada se reduce a miedo.
Empañando con gotas de lluvia el cristal que los separa.

Confiada noche que da paso a una mañana.
Confiada luna, confiada dama.

Rojo cielo dibujado en tu delgada almohada.
Delicado instante que se desvanece en nada.

Mientras escucho el silencio
Y acaricio tu cara.
Se esfuma en el tiempo,
Se pierden las alas.
Se acaba el momento...
Se mueren las ganas.
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El chico

Ella lo vio llegar. Sentarse en la única silla libre que quedaba en la barra. Pedir una copa. Meter su mano en el bolsillo derecho del pantalón y sacar su teléfono movil con en el que finalmente pagó su bebida.

«Cómo cambian las cosas» – pensó. Un gesto que si hubiese hecho pocos años antes no hubiese entendido nadie. Actualmente es tan solo una señal de que su teléfono es también su cartera y, probablemente, muchas cosas más.

Después de pagar la copa se entretiene mirando…. el correo, whatsapp, la galería? Por la expresión de su cara y su lenguaje corporal creo que está repasando alguna conversación. Lo cual no me extraña nada, ya que sus dotes de actor me hacen imaginarlo perfectamente estudiando un guión.

Mira el reloj. Una suerte que lleve uno de pulsera. Si no hubiese sido así, y se hubiese limitado a llevar también su teléfono de reloj, no hubiese podido reparar en ese detalle que me hace intuir que empieza a ponerse nervioso.

Esperaré unos minutos más. Creo que observarlo me está desvelando muchos detalles de él que no había podido conocer a través de todas esas conversaciones que tuvimos mediante mensajes de texto. Es la primera vez que nos vemos, bueno, que me ve él.

Tengo que ser prudente. Conociendo sus intenciones probablemente comience a analizarme desde el momento en que me vea entrar por la puerta. Lo mejor es ceñirme al plan. Sería demasiado arriesgado que me descubriera. He invertido demasiado tiempo en esta venganza. Nada puede fallar.

Decidida, traspaso la puerta del bar y me dirijo a la barra. Me coloco a su lado, y clavo mi mirada en el camarero mientras pido un tequila. Por el rabillo del ojo puedo ver su media sonrisa. Creo que ha llegado el momento de que nos veamos las caras.

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La puerta

Está blindada. Es imposible que entre. Fue una buena idea poner una puerta de seguridad. Intento autoconvencerme pero me viene a la mente que la última vez que se me quedaron las llaves dentro, el cerrajero, no tardó ni dos minutos en abrir esta misma puerta con lo que parecía una simple radiografía. Siempre me ha resultado curioso, y la vez inquietante, la manera que tienen de franquear cualquier mecanismo de seguridad con un elemento tan sencillo. Me da miedo. Todos los cerrajeros tienen acceso a nuestras casas. Las estadísticas me hacen pensar que no estamos seguros «El 1% de la población está catalogada como psicópata, según el el psicólogo y profesor emérito de la Universidad de Columbia Británica (Canadá), Robert D. Hare».

Era la una o las dos de la madrugada cuando lo llamé. Me dio la impresión de que estaba de marcha. No tardó mucho en llegar, y mucho menos en abrir la puerta. El despiste me costó ciento veinte euros. Nunca me ha vuelto a pasar. El no disponía de ningún sistema para el pago con tarjeta, y yo no tenía mucho dinero en la cartera, ni tampoco en casa, así que tuve que tirar de una hucha de monedas de dos euros que, por suerte, estaba bastante llena. Se fue de allí con mucho cambio, y yo me quedé con una hucha casi vacía. Al menos tuvo que darse cuenta de que en esta casa mucho dinero en efectivo no había.

Los ruidos de la noche, el destello de las luces del pasillo encendiéndose y apagándose, me devuelven a la mente ese 1%… pero, ¿y si soy yo? Empiezo a desvariar. Pero, ¿por qué no? ¿Cuánto nos conocemos a nosotros mismos? Me considero una persona bastante empática, así que me descarto rapidamente por no poseer el perfil. Y tras ese brote de locura paso de nuevo a la inicial, el psicópata imaginario que quiere traspasar la puerta.

No recuerdo cuando empezaron las paranoias. El diagnóstico fue un logro, pero no coincide en fecha con el comienzo de la dolencia. Quizás el señor calvo que me perseguía escaleras arriba en muchos sueños de mi infancia pudo ser el desencadenante de un invisible delirio camuflado de infantilidad y fantasía. Casi nadie cree en los fantasmas. El mio está detrás de la puerta. Puede tener diferentes caras. La de hoy no me agrada. Me siento en el sofá esperando a que llame a la puerta. Eso sería lo mejor que me podría pasar porque, en el peor de los casos, lleva en su mano una especie de radiografía.

Tengo que enfrentarme a mis miedos. Me dirijo hacia la puerta con valentía. Si me atrevo a destapar la mirilla y a pegar mi ojo en ella podré disipar este miedo… o tal vez no. Si por el contrario, descubro que esa persona no solo está en mi cabeza sino justo detrás de la puerta de mi casa podría entrar en pánico.

No se qué hacer. Recuerdo el experimento del gato de Schrödinger y creo que ya ha llegado el momento de abrir la caja.

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Mundo de atracciones

A veces la vida me parece un parque de atracciones. Estás en los coches de choque y, de repente, decides comprar un ficha y subirte a la noria. Empieza despacio, y confiada, disfrutas de las primeras vueltas. Ves el mundo desde arriba y todo parece más pequeño. Te sientes más ligera, más fuerte e incluso, más poderosa. De pronto empiezas a bajar. Ahora un poquito más rápido, y notas los primeros síntomas: inquietud, mareos, vértigo… Aún así, no piensas que sea el momento de parar. Recuerdas la sensación que te produjo estar arriba y quieres volver a estar un poquito más cerca del cielo, o al menos, eso crees.

Regreso a lo más alto y todo parece tan diminuto… Clavo mi mirada en esos cochitos de choque. Reconozco haberlo pasado bien cuando tenía los pies en la tierra. El parque comienza a crecer y me fijo en el tunel del terror que me recuerda mucho a mi lugar de trabajo. La comparativa primero me hace gracia pero acto seguido me genera el mismo estrés. Mi mente se aleja pero sigo en la noria y, con cada giro, recuerdo la cantidad de sensaciones que me genera «el viaje». Paso de un estado a otro sin apenas tiempo para acostumbrarme. Quiero que la atracción pare.

Se detiene, por fin, justo en frente de la montaña rusa. Quizás todavía me queden fuerzas para subirme. A lo mejor me convendría más el tiovivo, no se si todavía tengo edad para tanta acción.

Pero sí, compro la ficha de la montaña rusa. Al descender siento que el corazón se me va a salir por la boca pero la subida lo devuelve a su sitio. Tengo ganas de vomitar y la experiencia me produce aún más vértigo que la noria.

Creo que es hora de frenar. Respiro y miro a mi alrededor. Caballitos dando vueltas a una velocidad… ahora mismo perfecta para mi. Mis ojos se clavan una y otra vez en aquel carrusel que además me recuerda a mi más tierna infancia. Es hora de volver, pero no tengo por qué irme de este parque de atracciones sino buscar la más adecuada para cada momento de mi vida.

Y mientras dura el viaje, mi mente, le pone banda sonora a mis pensamientos.

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El desorden de las pequeñas estrellas

Claudio tenía siete u ocho años cuando lo conocí. Era el mayor de tres hermanos. Era bastante delgado. Tenía el pelo muy rubio y unos ojos azules enormes. Recuerdo que, a veces, olía a mantequilla y a naranjas chinas. Era un niño sorprendentemente maduro, ya que con esa edad se encargaba de cuidar de sus hermanos para ayudar a su madre que se había quedado sola y con tres niños pequeños demasiado joven.

En clase se sentaba cerca de mi y empezamos a entablar una relación muy especial. Fue uno de mis primeros amigos en el colegio. Después empezamos a vernos también después de clase, en La Plaza donde solía ir a jugar con mis primos y, junto a ellos, formamos un gran grupo de amigos de más o menos la misma edad. En aquella época, todos salíamos a la calle bajo la supervisión de algún adulto, excepto Claudio, siempre nos decía que su madre estaba trabajando.

(Primera señal que no vimos)

A finales de los ochenta, y bajo los influjos de la película Karate Kid, acabamos todos en un gimnasio de artes marciales que había en una de las calles principales del barrio y que, por suerte, estaba cerca de la casa de todos.

En aquel momento no lo sabíamos, pero quizás, Claudio, era el que más necesitaba de aquellas enseñanzas. No solo nos enseñaron a defendernos ante una agresión física sino que nos inculcaron muchos valores que nos harían crecer también como personas. Pero él no tuvo el mismo tiempo que los demás para aprender todo esto porque nadie se dio cuenta de lo que le pasaba.

Recuerdo que en quinto de EGB, octubre, casi un mes después de que comenzaran las clases, una profesora se dirijió a él porque aún no tenía los libros que nos pedían para ese curso escolar. Le dijo, de muy malas formas, que a esas alturas del curso ya debía tener todos los libros. El la miró con esos ojos azules enormes, y llorando con rabia le contestó: «¿Y qué quiere, qué saque el dinero de debajo de las piedras?» Una frase que a mi me impactó. Nunca la hubiese imaginado en boca de un niño, y aunque yo también era una niña me dejó helada, y a la maestra imagino que también, pero todo quedó ahí.

(Segunda señal que no vimos).

Alguna que otra pelea en el patio con algún niño gallo que hacía salir su elocuencia y donde, sin lugar a dudas, ganaba la batalla verbal, pero casi nunca la física porque era un niño de acción a la hora de jugar, pero no para el combate físico. Él era diferente, y eso, daba mucho miedo a los niños gallo que utilizaban siempre la fuerza bruta porque quizás era lo que traían aprendido de casa. Aún así, nunca salió mal parado. Era un niño maravillosamente raro. Un ser evolucionado que no parecía de este mundo.

Una noche no soportó la carga de la presión. De ser el hermano mayor, el cuidador, el niño, el padre, el amigo, el bicho raro, el responsable, el adulto de once años. Dicen que estaba solo con sus dos hermanos pequeños. Dicen que eran las dos de la mañana. Que se asomó a la ventana y miró al cielo. Que alguien intentó detenerlo. Dicen que no pudieron hacer nada. Que su puerta estaba cerrada con llave. Dicen que escuchó la voz de quien le gritaba. Dicen que lo miró pero que no dijo nada.

Nunca me olvidaré de él. De su mirada. De su pelo lacio con flequillo. Del más rubio de la clase, y también del más «viejo» de los niños. La primera estrella que vi subir al cielo y la pena de que partiera sin saber cuanto lo admiraba.

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Del barrio

Crecer en un barrio y experimentar lo que es en su máxima potencia también tiene su época. Los de hoy poco tienen que ver con los de antes. Aunque sigan estando las mismas calles. Y éstas sigan teniendo los mismos nombres, o sigan perteneciendo al mismo distrito. Tras una década puede que no cambien mucho su paisaje, pero después de dos, comenzó a cambiar su gente.

Nací a finales de los setenta, y en aquel entonces mi barrio no era «territorio comanche». Ya existía la prostitución, la droga, y los proxenetas. Las mafias que rodean este mundo empezaron a ser más visibles a finales de los 80. Y la llegada de la heroína acabó con mucha gente, sobretodo se ensañó con la generación del 60. Pero antes de que esto pasara tuve la suerte de sentir, que además de mi familia más cercana existía otra que se extendía unas cuantas calles hacia arriba, hacia abajo y también hacia ambos lados de mi casa, de la casa de mi abuela, del colegio donde estudié, de la tienda de la esquina, de la Plaza de la Feria, de La Fuente Luminosa ( y fin de nuestro mapa de niños, territorio casi prohibido por tener que cruzar una calle donde el tráfico era más denso y las probabilidades de atropello eran mayores).

Los vecinos eran como el águila del Señor de las Bestias, siempre vigilantes y al acecho.

En la época actual, la figura del vecino ha cambiado mucho. Yo soy la primera que no dejo entrar a nadie en mi casa si no es invitado con antelación, pero reconozco que es una fea costumbre que no me enseñaron de pequeña. No se si todos estos avances tecnológicos que se crearon para poder estar mejor conectados, más rápido, y con más gente ha sido lo que realmente nos ha alejado, pero lo que sí tengo claro es que antes del beeper, del teléfono móvil, del MSN, del WhatsApp, etc… nos «encontrábamos» más, y nos «veíamos» antes.

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Eterno

Cerró los ojos para agudizar sus otros sentidos. Metió las manos en los bolsillos de su ancho abrigo y caminó hacia adelante pero, aún así, seguía muy lejos de aquel abrazo.

Los abrió para saber que permanecía allí, inerte, y probó a mirarlo fijamente con la única intención de intimidarlo pero no tardó ni dos segundos en dar un paso atrás en ese absurdo intento de atraerlo.

Se sintió Frida sin Diego, enloquecida. Creyó ser la antagonista de aquel sueño en el que sumergida en una realidad casi fingida se sentía producto de la imagen que formaron en su mente esos dos cuerpos.

Y otra vez imaginó el abrazo. Pueril, cariñoso, erótico, o quizás, eterno.
En una pared, colgado, solo era un cuadro pero para la mujer que lo miraba era más que un lienzo.
Papel arrugado que tiran al suelo. Como arrugadas estaban las manos que lo mimaron.
Ahora se miran de cerca, en silencio.
Tan solo callados se tocan sus labios.
Cuando solo parece solamente pero es SOLO.
Como ella, Soledad, que sola envuelve.
Por fin sus dedos acariciaron sus manos.
Y de tinta quedaron sellados sus besos.
El Abrazo, Gustavo Klimt

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Era

Era dulce, delicada, salvaje… extrañamente bella.

-¿De dónde era?

Era de piel morena. Por sus rasgos podría decir que de algún lugar cálido. En cambio sus ojos eran azules como el mar. Quizás venía de allí, o de acá, o de cualquier otro sitio.

– ¿Cómo se llamaba?

Para mi era, Hera. La hache no tenía mayor importancia pues, Hera, era lo que era, y siempre que me dirigía a ella, lo hacía así.

-¿A qué se dedicaba?

La mayor parte del tiempo a estar en mi cabeza. Aún teniéndola delante no dejaba de pensar en ella, pero lo peor llegaba cuando intentaba escapar.

-¿Por qué hablamos de ella en pasado?

Me resulta más cómodo hablarle de ella así. A lo mejor es una forma de aceptar que se ha ido.

-¿Por qué se ha marchado?

Porque tenía la libertad de hacerlo, y así lo hizo. Tenía alas pero hasta entonces había decidido no usarlas. Era una mezcla entre lo terrenal y lo divino.

-¿Tiene una idea de dónde puede estar?

Lejos de esa ética secular en la que basa su investigación.

– ¿Me está ocultando algo?

Estoy respondiendo a lo que me pregunta pero usted solo usa el oido para escuchar mis respuestas.

-Estoy perdiendo la paciencia, ¿cuándo la conoció?

Sigue sin entender nada. Nunca llegué a conocerla.

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Aprendí

Que querer complacer a los demás es un ejercicio duro y agotador que acaba generando situaciones de estrés constante. Con el tiempo, o reduces su práctica, o termina pasándote factura.

Que hay tantas formas de pensar como personas en el mundo. Incluso variables y subvariables de un mismo pensamiento. Pensamientos comunes con matices individualizados que dependen de la experiencia, de la falta de ella, de las costumbres, de las creencias, y de un largo etcétera. Compartir, respetar, y callar.

Que hay que tomar más notas, independientemente de la edad que tengas porque al contrario de lo que algunos piensan, la memoria, o más bien la falta de ella no siempre está asociada a la edad.

Que hay que pensar menos…

Escribir más. Que el letargo nunca sea prolongado.

Respirar… porque a veces una acción tan mecánica y sencilla se puede olvidar si no estás presente. Que al hacerlo se debe hinchar la tripa, y al expulsar el aire, de debería desinflar. Que existe la respiración invertida. Que si no respiras, te mueres.

Que el mundo es un lugar precioso donde convive mucho tipo de gente. La mayoría bonita, por dentro y por fuera. Que también hay más personas que nos causan otras sensaciones… ahí están. Que hay que saber diferenciar lo que nos hace sentir bien y prolongar ese momento igual que acortar los que nos nos provocan la misma felicidad.

Que sigo aprendiendo, incluso de lo aprendido porque a lo largo de todos estos años me he saltado más clases que en mi época de estudiante de esto que llamamos VIDA.

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Delicada rareza

Era el único coche que se veía en la carretera. Mi padre decidió entrar por un camino sin asfaltar que supuestamente era el atajo que nos ahorraría algunas vueltas. Nos dirijíamos al pueblo de Teror, situado en la zona centro de la isla. Nunca entendí ese afán de los adultos de llegar lo más pronto posible a los sitios, aunque salgas «de paseo». Mi concepto de paseo elimina completamente de la ecuación las unidades de espacio y tiempo. Aún así, en su curbatura encontraba el hueco perfecto para hacer que en mi mente creciera la materia en forma de sueños.

Soñaba despierta la mayor parte del tiempo, pero cuando cerraba los ojos y me metía en la cama, tampoco me libraba del mundo onírico. La imaginación crecía en mi como lo hacía esa mala hierba de la carretera que habíamos dejado atrás minutos antes de mi primera paranoia.

No estoy segura de cual fue el detonante. Pudo ser el cambio de ruta lo que provocó ese cortocircuito en mi cabeza. Pudo ser lo que vi mientras recorriamos ese camino de tierra a una velocidad que para mi no era la adecuada. Cuando somos niños percibimos las cosas de tal manera que cuando llegamos a la edad adulta, y perdemos algunas de nuestras habilidades, disfrazamos esa pérdida con el asomo de una madurez fingida. Desarrollamos algunas cualidades, pero perdemos otras. Y a esas otras son a las que me refiero.

Bajé el cristal de mi ventana para observar con más detalle el paisaje que tenía ante mis ojos. Las imágenes desaparecían rápido y agradecía los momentos en los que mi padre quitaba el pie del acelerador. Me hubiese gustado quedarme un rato en aquel lugar pero teníamos que llegar al destino que nos habíamos marcado como fin del trayecto. Mi madre, al ver que asomaba la cabeza por la ventana me miró y me dijo. «Respira hondo. Llena tus pulmones de este aire puro. Cierra los ojos, siente el sol en tu cara, y respira».  Y así lo hice. Durante unos minutos pude desconectar de todo lo que no fuera lo que la naturaleza me ofrecía en ese momento. Conseguí aquietar mi mente durante algunos segundo, y aunque no fue mucho tiempo, al menos ese «experimento» me hizo descubir que existía al menos una manera de poder alienarme del mundo para encontrarme solo conmigo.

Un bache en la carretera hizo que la rueda trasera del coche tropezara, y en mi mente se activó el recuerdo de un lugar que descubrí con muy pocos años. Como si también hubiese tropezado con él y sin poder esquivarlo, me trajo a esa escena del presente miedos del pasado. Ante mi se abría de nuevo la habitación del pánico a lo desconocido.

No se si tenía tres o cuatro años cuando sentada en una mecedora de madera que había en casa de mi abuela, me sorprendió un pensamiento extraño. ¿Quién es esta gente? Me refería a mi familia, a las personas que vivían conmigo. A los que hasta ese momento solo conocía como padres, hermanos, abuelos. En aquel instante, fueron además personas… Y a esas personas, de repente, nos las conocía.

¿Cómo he llegado hasta aquí? Si mis padres no fueran en realidad mis padres, ¿yo lo sabría? Quizás cuando me trajeron a esta casa era tan pequeñita que no me acuerdo.  ¿Por qué no me parezco a nadie? ¿Estoy en un lugar seguro? Esos pensamientos siguieron viniendo durante muchos años. No como algo constante pero sí recurrente que solo con el paso de los años fue perdiendo intensidad. Y lo que en un principio me produjo miedo y desconcierto, terminó causándome indiferencia a base de la costumbre. A lo mejor tuvo algo que ver ese libro que asomaba de un mueble que servía para todo, y del que solo podía leer el título. «Mi hijo, ese desconocido». Era raro, pero tenía la sensación de haber sido secuestrada y criada en libertad. Nunca me trataron mal. Me dieron todo el amor y el cariño que se le puede dar a un hijo pero aún así, no pude evitar sentirme así muchos años de mi vida.

Mi madre le grita a mi padre que vaya un poco más despacio. Mi padre responde que va a treinta. Yo prefiero mirar el paisaje. Hace tiempo que no meto en este tipo de historias donde cada uno tiene su propia versión. Diferentes ojos, el mismo atardecer.

Sabía que nunca se iban a poner de acuerdo. Encontré la forma de evadirme. Retomé el consejo de mi madre y respiré hondo. Sentí como el aire fresco entraba en mis pulmones. La magia de aquel paisaje lleno de colores me hizo entrar en otro mundo. El sonido del viento acompañado del canto de los pájaros se convirtieron en la banda sonora que me acompañaría durante el resto del viaje. Pasamos por una plantación de plataneras. Tenía los sentidos tan despierto que el olor hizo que pudiera sentir el dulce sabor de esos plátanos. En nuestra isla podemos encontrar grandes extensiones de plataneras. En algunos lugares, como los cauces de barrancos, han llegado a crecer de manera silvestre, ya que requieren gran cantidad de agua  para su adecuado crecimiento.  Aunque para los canarios se ha convertido en su sello de identidad, la platanera, tiene su origen en el sudeste asiático, pero gracias a las condiciones ambiantales de las islas, su adaptación fue tan favorable, que hoy en día lo consideramos un producto muy nuestro.

A lo lejos pude ver una enorme finca. Me hubiese gustado parar un rato en aquel lugar. Me despertó mucha curiosad esa enorme casa de la que solo podía ver la puerta y un bonito camino que conducía hasta su entrada. También me pareció ver algo parecido a un establo, o lo que probablemente sería un espacio destinado a los animales. Estoy casi segura de que no me dio tiempo a ver nada más pero ahí fue donde mi imaginación apareció en escena para crear una historia con todo lujo de detalles de aquella idílica escena que había captado toda mi atención segundos antes.

Cuando llegamos al pueblo, en mi mente ya había imaginado el interior de aquella casa, decorada con mucho gusto y detalle. También había creado un mundo inventado para sus habitantes, la familia Gómez Marrero. Ellos y sus cuatro hijos decidieron dedicarse por entero a los cuidados de aquella finca. Vivían del cultivo. Tenían una extensa plantación de plataneras, pero sus tierras eran fertiles y se daba todo tipo de cultivos. El hijo pequeño, Mateo, se había decantado más por los animales. Y aunque era el menor de los cuatro hermanos, todos varones, ya había encontrado oficilo en la ganadería, ampliando el número de especies que poseía la familia.

Fin. Mucha imaginación para tan poco tiempo. Bajamos rápidamente del coche. Caminamos, también rapidamente, una calle hacia arriba, y rapidamente entramos en la basílica. Y todo fue tan rápido que cuando llegué me di cuenta que ni si quiera me había parado a quitarme una pequeña piedra que se me había colado dentro del zapato. Así que, con penitencia involuntaria incluida, nos adentramos en silencio y caminamos hasta situarnos delante de la virgen del Pino. Nos persignamos, nos inclinamos y farfulleamos el padre nuestro. Mientras me quedaba a solas con mis pensamientos una vez más observé lo que había a mi alrededor y reparé en un pequeño rincón donde me pareció ver que al lado de la imagen de la virgen habían colocado una foto.

Me acerqué tímidamente ante la mirada de algunos feligreses que no parecían aprobar mi acción. Se trataba de una imagen en blanco y negro. Una niña pequeña, de unos tres o cuatro años, asomada a una ventana de una calle que me pareció reconocer. Enseguida reparé que todo en aquella foto me resultaba familiar. No solo la calle sino también la niña y la ventana. Sentí que una mano se posaba en mi hombro derecho. Miré hacia atrás aún con la sorpresa que me había dejado aquel momento y vi que era mi madre que también miraba con asombro aquel retrato. Entonces me di cuenta de que no me había equivocado. La niña de la foto era ella, asomada en la ventana de la casa de mi abuela sonriendo a ese desconocido/a que le sacaba una foto.

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Se secaron las olas…

Y antes de llegar a la orilla, las últimas gotas, mojaron la arena.

Una cicatriz en forma de siete en mi pie izquierdo. Una señal de origen desconocido, o al menos para mi, a pesar de ser yo quien llevaba esa marca. Algunos recuerdos se esfumaron con las personas que los protagonirazon. Recuerdos que eran míos, y sin embargo, al desaparecer en la mente de otros, me robaron su historia.

Tampoco la sal de mi cuerpo me devolvió la memoria de esa vieja herida que ya ni si quiera escuece al provocarla. Tuvo que ser importante para dejar esta cicatriz. Escandalosa, profunda, sangrante… Tuvo que traer un cambio de planes a ese día. Expresión de dolor por lo que ya no duele. Simulacro de dolor.

Intento explorar otra parte de mi cuerpo que despierte mi mente. Hace meses que llamo a su puerta pero sigue sin responderme. «Llevamos tanto tiempo juntas y lo poco que nos conocemos. Se que en algún momento fuiste una gran compañera de viaje, pero por alguna razón decidiste seguir esa aventura sola. Y aquí me tienes, intentando averiguar quien soy con pequeños restos de lo que fui. Y de eso, también te llevaste».

El olor a playa, a aceite de coco y a verano me reveló la estación del año en la que estaba. No ahora, ahora el frio y la humedad me cala los huesos a la orilla de una playa que ni recuerdo, ni me recuerda.

A lo lejos, «La Barra» que controla la subida del nivel del mar. A este lado, nosotros, queriéndolo controlar todo y robándole un poco más a la naturaleza hasta que, como decían los viejos, esta se revele y tome, de nuevo, lo que siempre fue suyo.

Un futuro tan erosionado como mi memoria. Compañera inseparable de esta playa, de esa Barra. Composición de rocas que un día formaron parte de un volcán que hizo de la catástrofe, belleza. No hay arquitectura más hermosa que la que la surge de la propia naturaleza. Luego viene el hombre y la degrada.

«Estoy aquí, porque me han hablado de ti como si te conociera. Y tengo que empezar a tratarte como si así fuera. Con la suficiente cordura como para saber que si no lo hago me tacharán de enferma, pero también, con la profunda locura que provoca el olvido».

Caminé descalza por la arena mojada unos minutos más, y al observar cómo la espuma de la última ola se deshacía en la orilla pensé en voz alta: ¿Por qué no te siento? ¿Por qué nada de esto provoca ningún sentimiento en mi? Mientras terminaba de pronunciar esa frase vi como el mar se llevaba los restos del agua que le pertenecía, y al resbalar esas últimas gotas, desde mi empeine hasta la punta de los dedos, descubrí que la orilla se había teñido de rojo. Volví a observar la cicatriz de mi pie izquierdo, esa que era casi imperceptible por el paso de los años y las arrugas de la piel. Y ahí estaba, solo que de nuevo estaba abierta, y otra vez, escandalosa, profunda, sangrante. Lo suficientemente importante para saber que, una vez más, traería un cambio de planes a mi vida.

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La Belleza

De tus ojos, de tu pelo.
De tus manos acariciando las mias.
Del color que tienen los dias a tu lado.
Del dulce sabor de tus besos.
Del suave sonido de tus pasos.
caminando este corto pasillo
que nos lleva al calor de ese abrazo.
De tu piel en mi piel, abrigo.
De mi piel a tu piel, un trazo.

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Álter ego

El otro día tuve un encontronazo conmigo misma y terminé discutiendo de una manera brutal.

No se si me pasé yo o se pasó ella, pero la cosa se nos terminó yendo de las manos. Las dos acabamos gritando pero solo una, llorando.

Opiniones que van más allá de ser simples opiniones. Puntos de vista diferentes, diferentes experiencias de vida. Palabras que en el aire se convirtieron en puñales que nos fueron atravesando durante el transcurso de esos últimos 5 minutos de «dialogo».

Hoy no me acuerdo ni si quiera qué debatíamos. Qué pudimos defender con tanta rabia. Fue una de esas discusiones en las que se pierde la razón según se va subiendo el tono.

Al final, en este tipo de «historías» siempre se pierde. El tiempo, la energía, la paciencia, la capacidad de entendimiento. Normalmente, tampoco aportan nada. Ni siquiera un ápice de luz en lo que se estaba debatiendo.

Perdí parte de ese tiempo que es oro y lo convertí en bronce. Toda una hazaña para la alquimia pero en modo invertido. Si algún día consigo controlar el proceso habré aprendido a mantener el equilibrio. Estaré preparada, y ese será el día en que me arriesgue a salir de este búnker para contemplar, otra vez, el siglo XXI.

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Cuántico

Fue un día d eotoño del año 1997. Había encontrado un trabajo con el que ganar algo de dinero sin tener que abandonar mis estudios. No confiaba mucho en que eso me garantizaría un futuro mejor, pero al menos sí un presente.

Paso a paso, me decía mientras bajaba aquella calle ancha y larga que me llevaría a un lugar indeterminado en el mapa, a pesar de no haber salido de la zona que me habían asignado para repartir folletos publicitarios de la pizzería que me había contratado días antes.

Llegué a lo que parecía un paso interior para cruzar hacia el otro lado de la carretera. Me introduje en él y en seguida noté como cambiaba el paisaje a mi alrededor. Era como si aquel sitio se hubiese remasterizado. Habían cambiado los objetos y también mi forma de percibirlos. Lo que hasta hace nada era solo edificios y asfalto, ahora se había convertido en un lugar idílico rodeado de vegetación. ¡Por fin he podido sentir la llegada del Otoño! Todo parecía salido de una postal. De esas que se mandaban antes cuando ibas de viaje. Una pena que con el avance de la tecnología se hayan perdido algunas costumbres como esta. Recordé aquella escena de Mary Poppins donde ella, los niños, y Bert, el deshollinador, entraban en uno de los cuadrados que este había pintado, mezclando escenas de realidad y ficción, donde a mi solo me faltaban los dibujos animados. Cerré y abrí los ojos varias veces por si algún tipo de luz me hubiese cegado, pero nada cambió, todo seguía pareciéndome igual de extraño y maravilloso.

Por un momento pensé que me había perdido pero lo que todavía seguía ahí era mi capacidad de raciocinio, o al menos, eso creía. La mente sigue siendo esa gran desconocida para el ser humano. Nunca la puse en duda, pero parece que ella a mi, sí.

Me parecía raro que no hubiese nadie por allí. “Otra vez, otro extraño paseo. Quizás mi cabecita necesita pasar por el taller”. El otoño había cambiado el color verde de las hojas por el ocre. En cada pisada notaba su crujido bajo mis zapatos. Recordé lo que me gustaba ese sonido. Los pájaros también quisieron añadir su melodía al momento, y todo junto, me hicieron sentir una paz que hacía tiempo que no encontraba en esta ciudad ruidosa y llena de gente. A pesar del desconcierto inicial me encontraba muy bien. Mi cuerpo también había percibido el cambio. A el no le importaba tanto como a mi mente lo que había pasado porque solo sabía que en el mismo instante en el que cruzó “la linea” empezó a sentirse mejor, más liviano.

Pinceladas nuevas que aparecieron de la nada para dibujar un cielo todavía más azul. Caminé en círculos dejándome hipnotizar por la música de ese concierto privado que la naturaleza me había regalado, al parecer, solo a mi, mientras el sol calentaba mi cuerpo proporcionándome una vitalidad que no tenía minutos antes. Era como si estuviera dándome un baño en una fuente inagotable de energía.

Asumí el riesgo de la derrota. Me dejé llevar por esa otra realidad que no me agota. A los pocos segundos ya me sentí en sintonía con todo aquello y pensé en si me quedaba en aquel rincón de mi mente o ya era hora de volver.

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El mundo que dejamos

No es el mundo que nos dejaron a nosotros, pero probablemente, tampoco el que les dejaron a ellos.

La vida en un bucle donde tropezamos con las mismas piedras que ya tropezaron otros, incluso más de una vez, y en lugar de apartarlas del camino, añadimos otras que trajimos en los zapatos y que también se quedaron ahí.

Y ahora, el mundo está cada vez más del revés. Ni pandemias, ni crisis, ni la promesa de una nueva era… nada hace que el ser humano de un giro de ciento ochenta grados con el mundo porque no bailamos la misma melodía. A veces, ni si quiera estamos en el mismo salón, y lo que para algunos es música, para otros, ruido. El sonido, el mismo, el latido de la tierra. Su frecuencia también se puede sintonizar, pero no en la radio. Esa «música» sonará siempre de diferente manera para cada uno de nosotros porque somos tan iguales como distintos, y muy circunstanciales. Y a veces, como aquella fuente luminosa, un espectáculo de agua y luces al compás de una canción. Otras, actuando cómo una vela, con una base firme que con el tiempo, también terminará desapareciendo. Y una pequeña llama que si soplan con cuidado, se reaviva, pero si lo hacen con demasiada fuerza, se apaga. Si al final solo queda cera habremos sabido controlar la llama, pero si aún queda parte de la vela pero es imposible prenderla, quizás es porque no supimos alargar su luz. Al fin y al cabo, un trabajo de todos.

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Mudando la piel

Cambiaron las calles, los edificios, las aceras. Incluso el sentido del tráfico, con algún atropello incluido.

Cambió la gente que paseaba por ellas. Las familias que los habitaban. Los niños que la pisaban, incluso también cambió el sentido de sus vidas.

Cambió el ritmo de lo que escribo por la pausa que no hago, y cambió el escaparate de aquella librería extraña que durante años no se había movido.

Cambió la piel y cambió la herida. Dejando una nueva mancha que cambiará la arruga que también cambió su cara.

Y permaneció la esencia, el olor, la cálida luz en su mirada. Se mantuvo la risa, sus prisas, y aunque cambió tanto, se quedó su magia.

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La mujer en la ventana

Pasaba las tardes enteras asomada a su postigo. Era lo mejor de su casa. Una ventana pequeña que hacía de gran terraza que daba a la calle. El paisaje había cambiado a través de los años, poniéndole a ella todavía más difícil, la dura tarea de saber donde estamos o quienes somos cuando olvidamos parte del paso y del peso de nuestra vida.

Todos la saludaban porque todos la conocían pero ella, la mujer más amable y bondadosa, ya no recordaba a casi nadie. Les devolvía el saludo con una enorme sonrisa y alguna frase donde se notaba el esfuerzo de pronunciar un nombre.

Había días en los que su mente la situaba en el lugar y en el tiempo adecuado, pero había otros muy crueles, donde sus únicos recuerdos se remontaban a su infancia. Se sentía una niña y buscaba a su madre. No recordaba que ya no estaba, y nunca supe si era más doloroso ser consciente cada día de esa pérdida o olvidarlo todo para recordarlo de repente y vivirlo como la primera vez.

Que rara es la memoria cuando olvida. Sentirte una extraña rodeada de la gente que más quieres y te quiere. Perder a alguien a quien ves todos los días. Intuir sin conocer, ni comprender nada.

Así la conocí. Mi recuerdo es la venganza por lo que le arrebató a ella el olvido. Porque aunque han pasado muchos años y en esa, su calle, ya no puedo encontrarla a ella, ni si quiera su ventana, su recuerdo permanece firme. Sus ojos de púpilas brillantes llenas de vida. El sonido de su voz canturreando. Su pelo blanco y suave, o incluso su caligrafía. Su amor a la vida. Su dedicación a todos. Sus extraños refranes que ahora cobran sentido. Su olor y el sonido de un postigo viejo que se abre en la memoria de todos los que la conocimos.

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Despertar

La mujer apuntó con su barbilla hacia la niña, y después dirigió hacia mi su mirada. -«Que grande está. Que rápido pasan los años, verdad?» No le dije nada. No sabía si había entendido bien lo que me había querido decir. Tuve la sensación de qué me preguntaba cómo si yo conociera a esa niña de antes, como si no fuera la primera vez que nos habíamos visto. Probablemente solo quiso hacer referencia a lo rápido que pasan los años.

La niña corrió hacia aquella mujer que extendió rápidamente sus brazos al ver el gesto de su hija y, con una enorme sonrisa, se agachó para recibir el abrazo. El padre miraba la escena desde un puesto de algodón de azúcar donde la pequeña se había parado segundos antes para pedir un último capricho. «Normal que tenga tanta energía con tremenda sobredosis de azúcar» En seguida me di cuenta de que mi forma de pensar era consecuencia de la información recibida en mi edad adulta sobre los peligros del azúcar. De pequeña me encantaban las golosinas. En cierto modo, esa niña pequeña se parecía bastante a la niña que fui y que, de vez en cuando, se revela e intenta salir.

Quizás fue ella la que me impulsó a no volver a casa aquella tarde y a emprender ese camino que me devolvía a rincones de mi memoria que hacía mucho tiempo que no visitaba.

La niña se desenganchó de la cintura de su madre. Cogió un vaso de barro y lo llenó de agua. Extendió su brazo y luego, lo dirigió hacia mi.

– Bebe. Si no lo haces tendrás que volver ya».

«¿A dónde se supone que debía volver? ¿Acaso sabía ella algo de este extraño paseo? Me sentía cómoda al lado de esa gente desconocida, pero a la vez, también me sentía inquieta porque, por momentos, no me parecía un paisaje real.

No estaba segura de si quería seguir bebiendo. Ya todo me volvía a parecer extraño. Incluso el volver a sentir sed cuando a penas habían pasado unos minutos de mi último trago. Me giré para intentar localizar a su padre intentando tomar como punto de referencia aquel enorme algodón de azúcar pero la imagen se había congelado. Todo a mi alrededor se había quedado en posición de «Tulip», y no se por qué, esperaba que viniera alguien diciendo «pam» y que todo siguiera, al menos, como antes.

– ¿De verdad no vas a beber? Me decepciona lo rápido que te cansas ahora de jugar.

– ¿Cómo es posible? ¿Por qué se ha… literalmente, se ha parado el mundo y nosotras seguimos hablando? ¿Que está pasando?

– ¿Cómo pretendes que una niña te responda a esa pregunta?¿No crees que es demasiado complicado para mi explicarte por qué el mundo está parado? Quizás te esté dando tiempo para pensar. A lo mejor necesitas que todo esté así, inmóvil, en silencio, para poder aquietar tu mente. Primero te sorprendiste de un paisaje tan dinámico, pero este tampoco te gusta. Deberías mirar dentro de ti para descubrir cual es la realidad de fuera. Tu confusión te trajo aquí, y ahora no sabes si quieres volver a casa. Descubriste hace rato que al beber del agua de la pila volvías a tener contacto con esa niña feliz que disfrutaba de cada paseo con sus padres, corriendo de un lado a otro y comiendo lo que le apetecía. Pero te niegas a escucharla aunque la tengas de nuevo delante, y luego, te atreves a hacerle preguntas referentes a lo que no pudo ver porque al crecer le soltaste la mano y te alejaste de ella sin despedirte.

Bebe al menos una vez más del agua de este vaso. Abraza a esa niña en la que a veces reparas pero ignoras, y encuentra el camino que te condujo hasta aquí. Mira al tu alrededor, la calle vuelve a estar vacía. Solo quedamos tú y yo, es decir. solo quedas tú.

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Perdida

De Camino…

«Caramelos Chimos»… Seguí a aquella niña que abría un paquete de caramelos que hacía años que no veía. Tenía un aspecto gracioso. Sus ojos no eran grandes pero sí su mirada. Corría por todos los puestos abriendo esos ojos con gesto de alegría y asombro, mientras cogía varios caramelos y se los colocaba en sus dedos como si fueran anillos para luego comérselos según su criterio de colores. De pronto se agarró a la mano de un señor que no había dejado de seguirla con la mirada. Imaginé que era su padre. En cierto modo se parecían, pero no sólo físicamente sino en su manera de moverse.

La niña parecía sorprenderse con cada cosa que veía. Era como si hubiese pasado mucho tiempo encerrada y de repente la sacaran al mundo. Quizás poseía ya una personalidad de lo más entusiasta. «Deberíamos ser más como ella» Agradecidos con cada momento de felicidad que experimentamos, y de los que no siempre somos conscientes. A lo mejor esa niña tan pequeña tenía un gran mensaje que enseñarnos.

La carrera me había dado sed. Quise comprar un refresco pero me di cuenta de que no llevaba dinero encima, así que volví a acercarme a la pila donde se había formado una pequeña cola de gente que quería refrescarse con esa agua tan fresquita. Era la cuarta, y delante de mi, una señora que me llamó la atención. Otra vez esa sensación de reconocer a alguien. No era su cara sino más bien lo que proyectó en mi al girarse y mirarme a los ojos. Luego me sonrió y en su gesto, me pareció entender una señal de complicidad, como si a ella le hubiese pasado lo mismo pero sin tanto desconcierto.

Me fijé aún más en ella. En su pelo, en su piel. Parecía una persona amable. Por su aspecto debía tener mi edad pero yo me veía pequeña a su lado. No joven, pequeña, pueril, indefensa… pero con tan solo pararme detrás de ella me sentí segura en aquel sitio.

Se dio la vuelta y me miró a los ojos. “¿Quieres pasar primero, Carmen? La pregunta me dejó helada, ¿cómo es posible que supiera mi nombre? Me giré para ver si alguien más se había colocado detrás de mi. Cuando me di la vuelta lo que vi me dejó aún más atónita. La calle que hasta hacía pocos segundo estaba llena de gente y de puestos ambulantes quedó desierta. Ni rastro de la niña, ni del padre… Y al girarme, tampoco de aquella mujer que me había llamado por mi nombre. Parecía un sueño, o más bien una pesadilla. Sin recordar haberme servido nada, observé que tenía un vaso de agua en mi mano. Tenía la garganta seca y el corazón me iba a mil. Bebí nuevamente del vaso, y me volví a servir otro, ahora de manera totalmente consciente del acto. “Bebe despacio, verás que bien te sienta”. La misma señora que se había esfumado de la escena volvía a aparecer a mi lado sonriéndome. Miré a mi alrededor y todo lo que había desaparecido volvía estar en el mismo sitio. Parecía que la imagen se había congelado. Incluso entre tanta gente, volví a encontrar a la niña, con su padre y su paquete de caramelos Chimos.

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